Los viajes de un lector. «Un mundo de novela», de Toni Montesinos
Montesinos, Toni. Un mundo de novela: lecturas de narrativa española e hispanoamericana. Zaragoza: Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2024. 483 p. ISBN 978-84-1340-772-2. 30 €.
«Empiezo un cuento con una frase casual y esa frase ya tiene un futuro, un pasado»
Loza Aguerrebere. Rubén. Conversación con las catedrales:
encuentros con Vargas Llosa y Borges (Funambulista, 2014)
Uno de los aspectos más notables de la pormenorizada revisión que realiza Toni Montesinos (Barcelona, 1972) en Un mundo de novela: lecturas de narrativa española e hispanoamericana (2024) es el alcance de su empresa: un recorrido que se extiende por la literatura escrita en castellano tanto a este como al otro lado del Atlántico a lo largo de cinco siglos. La tarea es noble, porque ofrece a sus lectores y lectoras, tal como él mismo se encarga de aclarar en el prólogo, una glosa o explicación de una serie de autorías leídas bajo su modesto prisma. En efecto, lo que nos trae Montesinos es una propuesta lectora, «resultado de tres décadas de indagar en obras cruciales –o de conocer algunas novedosas en pos de vislumbrar su alcance y perdurabilidad– al albur de diferentes pretextos: artículos y ensayos, reseñas y reportajes, estudios académicos, prólogos a libros, apuntes de diaristas e incluso entrevistas y hasta un poema» (p. 26). Materiales variados que conforman también una interpretación creativa sobre la lectura, donde la versatilidad del autor se deja sentir en su propuesta, con sus cambios de tono y un amplio espectro de registros y géneros. Su quehacer a lo largo de treinta años nos refiere no solo a un trabajo profesional y comprometido con la literatura, sino también trasluce el vínculo íntimo que el autor mantiene con el oficio de leer. Así, cumple con la máxima de Piglia (2006), otro lector incansable, de que «alguien escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas». Y dicha autobiografía lectora tiene, cómo no, un lugar de enunciación y un posicionamiento bastante concreto.
En el caso de Montesinos, dicho emplazamiento no da pie a dudas. En primer lugar, hay una aprensión frente al empobrecimiento del lenguaje. La idea de que este se halle en caída libre comporta, según el autor, un torcimiento chapucero de las expresiones lingüísticas castellanas, lo cual nos pone en evidencia una apuesta por balancear la báscula hacia el lado de la norma antes que por la del uso, la cual permitiría las transformaciones y devenires de una lengua mutante. Una lengua que, por lo demás, encontró en todo un continente (el latinoamericano) tantas nuevas y variadas posibilidades de devenir en algo distinto y único. Y es que finalmente cuál es el último y gran trabajo de quien escribe si no es el tener que vérselas con la materialidad del lenguaje, con la exploración de sus posibilidades expresivas, con el potencial incluso subversivo de las palabras. No obstante, el autor reniega de estas aventuras del lenguaje y más bien hace un llamado a retomar los instrumentos de la normalización lingüística –aquellos diccionarios o manuales que, a su juicio, parecen vivir en un multiverso inalcanzable escondido al otro lado del marketing y la vacua ostentación literaria–, en tanto considera todo un despropósito pretender convertir la lengua en un campo ideológico entre cuyos horizontes se encuentre un deseo de cambio social. Más aún, considera a quienes se ven animados por la inventiva como un modo válido de expresarse unos verdaderos terroristas del lenguaje. He ahí que una no puede dejar de pensar en las limitaciones impuestas a la imaginación. Somos una especie verbal que, como tal, al decir de Ursula K. Le Guin (2018), goza de aquella tremenda facultad que es la imaginación y, por qué no, con altas dosis de inventiva, de mentira, de exageración barroca, y de subversión terrorista (ya que estamos). Concuerdo en la importancia de batallar con la sintaxis y considero que no hay tiempo que pueda tiranizar la búsqueda del mot juste. Por lo mismo, creo en el valor de la lentitud: me gustan las y los autores lentos, aquellos que pueden llevar el ritmo desacelerado al espacio de la página. Sin embargo, dichos criterios estéticos que Montesinos pone en primera línea, la sencillez, la claridad y la honestidad, no son nociones decorosas que ande buscando cuando leo. Cada libro es un mundo. Y este mundo de novela que el autor nos invita a recorrer está lleno de personajes que destilan verdad (un valor que no tiene por qué oponerse a la inventiva), tal como pretendiera Pérez Galdós desde el iluminador epígrafe con que Montesinos nos invita a franquear el umbral de sus lecturas: «¡Qué verdadero es esto! Parece cosa de la vida. Tal o cual personaje, parece que lo hemos conocido».
Toni Montesinos no solo reconstruye las trayectorias literarias de más de 60 autores, sino que en muchos casos logra proponernos un perfil de cada uno de ellos. Nos hace fantasear con la idea de haberlos podido conocer cara a cara. ¿Y acaso no es esa la labor de la crítica? Más allá de los posicionamientos desde los cuales el autor escribe, marcas que por cierto han de quedar registradas en el trabajo crítico, en tanto se trata de una praxis que no puede dejar de ser política y que exige incluso la polémica, se cumple aquí una de las labores fundamentales del oficio: ampliarnos los sentidos posibles del trabajo de quienes escriben, dejar la puerta siempre abierta cuando se nos invita a la lectura de una obra. Si como críticas somos conscientes de aportar nada más que una pequeña estrella dentro de una gran constelación, entenderemos que la crítica no puede ser sino el lugar de la apertura, de lo inconcluso. Así la entendía Benjamin, uno de los más grandes críticos de la modernidad: el ejercicio crítico sobre un libro no se agota nunca, pues siempre se engarza con otra nueva reflexión con la que se vincula de modo sistémico. Entregadas a esa colmada infinitud de la conexión, apostamos por la idea de que ninguna crítica tendrá un carácter concluyente.
A propósito de constelaciones y el lugar que ocupa el Quijote en nuestra literatura, se agradece el rescate que Montesinos propone, por medio de una valiosa entrevista, a una de las derivas intertextuales que encontró el melancólico caballero –epíteto fundado en aquel dictum aristotélico presente también en Cicerón y Goethe de que «todos los ingeniosos han sido melancólicos»–: la traducción al espanglish de tan magna obra por parte de Ilan Stavans (2015), quien apuesta por lo mutirracial, lo transnacional y lo plurilingüe ubicado en aquella zona liminar entre México y Estados Unidos. Tal atención a distintos mundos, que tal vez le viene dado por tantos años de ejercicio periodístico, le permite a Montesinos abrirse a otras visiones y así es como renueva la visión sobre las obras escogidas en este singular corpus de lecturas propias que logran ser desapropiadas en un atendible esfuerzo de su parte.
Por otro lado, hemos de valorar también el modo a través del cual Montesinos nos propone la reconstrucción de determinadas genealogías. Una de ellas tiene que ver con la del fantástico rioplatense. Su recorrido, por ejemplo, desde la biografía de otro melancólico como es Horacio Quiroga, a quien no duda en catalogar de fundador de la cuentística moderna en lengua castellana, atravesado por un tótem tanático que triangula entre lo demencial, lo fantástico y lo selvático; hasta los hallazgos que, en un salto de rayuela, nos permiten cruzar el espejo de la realidad de la mano de Cortázar; pasando, por cierto, por el ineludible Borges, a quien recupera más allá de su figura, pues el capítulo dedicado a su obra sirve también como excusa para hablar de un Bioy Casares o una Silvina Ocampo, quien bien habría merecido un capítulo entero a fin de hacerle justicia poética a su vocación de escribir para no tener que hablar; e incluso podríamos incluir aquí a aquellos satélites raros que son Juan Carlos Onetti con su compulsión al tabaco, el universo carnavalesco de César Aira o los aguafuertes de Roberto Arlt, quien con su prosa sucia y porteña da vuelta a las ideas preconcebidas sobre la civilización y la barbarie.
En definitiva, el trabajo crítico que el autor nos propone es contundente por el alcance de su mirada y por el extenso horizonte del corpus escogido. Ya en el prólogo, Montesinos apunta una mirada crítica al trabajo del crítico y lanza sus dardos contra una prensa que es muchas veces demasiado complaciente, miedosa de caer mal dentro de un campo cultural tan reducido, o de subirle el volumen al disenso. Tal como apuntaba Benjamin (2017), la crítica ha de ser política y polémica, por tanto, se agradecen actos provocativos que no por ello nos impidan como lectores acceder a la complejidad de la obra de un autor: tal es el sentido de justicia que, desde sus propios sesgos, bien representa el trabajo de Montesinos. Hay en su discurso cierto resentimiento ante los tiempos actuales, en los que prevalece el marketing y en los que lo comerciable queda muchas veces supeditado a una hipercorrección moral. Si bien celebro el resentimiento como un afecto capaz de movilizar el statu quo, en este caso de la crítica, un ámbito que sin duda adolece de una mayor independencia y arrojo dentro del ámbito hispano, aquella nostalgia de tiempos pasados puede ser también peligrosa si no se abre al dinamismo de los cambios. Montesinos cita al Dr. Samuel Johnson para referirnos que «el objetivo principal de la crítica es encontrar los defectos de los modernos y las virtudes de los antiguos: mientras un autor está vivo juzgamos su capacidad por la peor de sus actuaciones, y cuando está muerto, por la mejor» (citado por Montesinos, p. 35). Me gustaría complementar aquella idea, por descontado reveladora, con la concepción que tiene Agamben (2008) acerca de los contemporáneos, esto es, sobre quienes a pesar de odiar la época que les ha tocado vivir, saben que pertenecen irrevocablemente a ella. Y es ese desfasaje, incluso cierto anacronismo, lo que les permite ver no solo las luces de nuestros tiempos sino también sus oscuridades. Ser contemporáneos es así saber ver esta oscuridad, es ser «aquel que recibe en pleno rostro el haz de tiniebla que proviene de su tiempo» (p. 4). Ello significa, finalmente, llegar puntuales a una cita a la que se puede solo faltar.
Y ya que estamos con lo contemporáneo, las olas de los cambios que llegan a la orilla en lamentables movimientos de ida y vuelta, y el trazado de determinados mapas de escrituras, muchos de ellos tan bien reconstruidos en el trabajo de Montesinos, debo acusar aquí la falta de representación de autoras mujeres. Proclamado desde el engañoso lugar del discurso anti woke, el autor se parapeta en la idea de las modas literarias, y la supuesta constricción censora bajo la cual «cualquier cosa ha de verse desde la perspectiva étnica y sexual» (p. 23), para pasar por alto a escritoras y disidencias que bien podrían haber sido incluidas no por el hecho de ser mujeres o seguir otras alternativas de la identidad de género, sino por la alta calidad de su obra. ¿Quiénes sí quedan dentro de su lista? Emilia Pardo Bazán, Carmen Laforet, Corín Tellado, Clara Usón y María Fernanda Ampuero (la única latinoamericana). Ojo: estamos hablando de alrededor del 3 % de la totalidad del libro. Con todo, no puedo evitar quedarme pensando en cómo el autor, tal vez en un gesto involuntario, corona su viaje con una entrevista a la autora ecuatoriana, quien sí se encarga de reconstruir aquellas genealogías eclipsadas y, a propósito de su libro Sacrificios humanos (Páginas de Espuma, 2021), aprovecha por bendecir a las no bendecidas bajo la premisa de que «somos porque alguien se sacrificó por nosotros» (Ampuero citada en Montesinos, p. 475). De tal modo se concluye un viaje de ida que vislumbra muchas nuevas paradas posibles, abiertas a los desvíos y derroteros de los tiempos contemporáneos.
Bibliografía
Agamben, Giorgio (2008). «¿Qué es lo contemporáneo?». Trad., Ariel Pennisi; rev., Adrián Cangi. 19 Bienal de Arte Paiz. <https://19bienal.fundacionpaiz.org.gt/wp-content/uploads/2014/02/agamben-que-es-lo-contemporaneo.pdf>. [Consulta: 1 julio 2025].
Benjamin, Walter (2017). La tarea del crítico. Ed., pról. y textos introductorios, Mariana Dimópulos; trad., Ariel Magnus. Santiago de Chile: Hueders.
Le Guin, Ursula K. (2018 [2000]). Contar es escuchar: sobre la escritura, la lectura, la imaginación. Trad., Martín Schifino. Madrid: Círculo de Tiza.
Piglia, Ricardo (2006). Crítica y ficción. Barcelona: Anagrama.
Nota: En este enlace pueden ver el sumario de la obra.
Constanza Ternicier Espinosa
Universitat de Barcelona
cternicier@ub.edu
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