Una mirada a la IA desde la tradición
Parmentier, Stéphanie. Quand l’IA tue la littérature. Paris: PUF, 2025. 171 p. ISBN 978-2-13-088661-7.
La profesora, documentalista y doctora en literatura francesa Stéphanie Parmentier ha publicado este volumen sobre las complejas relaciones entre literatura e inteligencia artificial (IA), adoptando un tono divulgativo que, no por evitar la retórica académica, es menos interesante o riguroso. La autora, que ya había tocado asuntos referentes a letras y tecnología en un ensayo anterior, Du compte d’auteur à l’auto-édition numérique (Presses universitaires de Rennes, 2022), comienza el volumen con dos temáticas habituales en este tipo de ensayos sobre inteligencia artificial, cada vez más numerosos –y, por qué no decirlo, cada vez más parecidos entre sí–: una pequeña historia de la IA, con los hitos conocidos por cualquier persona interesada en el tema, y una pequeña genealogía literaria de textos de ficción en los que aparecen imaginados seres mecánicos dotados de cierta comprensión o capacidad cognitiva, de la Ilíada a 1984, pasando por Llull, Descartes o Zamiatin. Pero rápidamente deja atrás lo previsible para entrar en la almendra del asunto.
Para Parmentier, el problema que nos acucia como sociedad no es la existencia de la IA, sino su omnipresencia, la falsa impresión de que facilita «una solución inmediata a cualquier cuestión propuesta» (p. 26, todas las traducciones son mías) y la sensación de uso obligatorio, como si no hubiera alternativa a su utilización o sin ella nos quedásemos fuera por «desactualizados» u «obsoletos». Otra de las cuestiones inteligentemente propuestas por Stéphanie Parmentier es el papel que pueden representar las IA en un proceso aparentemente ligado a la escritura literaria, pero que puede –y suele– afectar de modo sustancial a los textos: el editorial, si se cambia la idea secular de la reelaboración que los editores hacen del manuscrito original hasta amoldarlo a la idea de un texto bien editado y presentable al público. Pues bien, como explica la autora, las IA generativas «cada vez están más integradas en la cadena del libro, sus asistentes virtuales sustituyen a muchos humanos y están posiblemente en camino de imponerse como colaboradores multidisciplinares de los editores» (p. 123), por cuanto pueden corregir textos, traducirlos, maquetarlos, crear la sinopsis de contracubierta y los argumentarios para la difusión en prensa, e incluso generar las imágenes de cubierta, las ilustraciones o diseñar la web de la editorial. Varios de los oficios tradicionalmente ligados a la industria del libro pueden estar así amenazados; pero, yendo a lo literario estricto, la influencia de las IA sobre la traducción, la corrección, el ajuste estilístico o incluso el asesoramiento sobre tramas, personajes o estructuras puede suponer una drástica alteración del original, hasta el punto de alterar profundamente su contenido, alcance y forma definitiva.
El «robot conversacional», que es el término que Parmentier emplea para referirse a los diferentes programas IA, está provocando alteraciones en el estatuto tradicional del autor literario. Parmentier propone, a partir de la palabra inglesa prompt, como es conocido el comando escrito que contiene las instrucciones dadas a la IA, otro neologismo, el de «prompteur» (p. 38), para referirse al autor de una obra realizada con esos medios. El promptista o promptor, llevándolo a nuestra lengua, se encuentra con unas herramientas que hacen de su labor algo sencillo, quizá demasiado sencillo. Hace poco mencionaba Jorge Carrión en su interesante newsletter titulada Solaris, un caso que dentro de poco será prototípico: «Coral Hart, que ha pasado de publicar 10 o 12 [libros] al año a publicar… ¡200! Ha vendido más de 50.000 ejemplares en Amazon, a unos cuatro dólares de media, lo que es bastante poco, en realidad. Supongo que por eso ha lanzado su propia empresa de formación, Plot Prose, para ayudar a co-escribir con IA y, sobre todo, para ganar con su experiencia el dinero que no está ganando con su obra». Si antes el spam estaba en nuestros correos y luego pasó a las mensajerías, ahora llegan los autores spam capaces de saturar los mercados digitales, aunque sin obtener demasiado rédito por ello, por lo que parece. La autora comenta (p. 50) que la publicidad de las aplicaciones para escribir con IA suele redundar en adjetivos como «fácil», «cómodo» y «accesible», que, si bien pueden ser planteados como supuestos medios «democratizadores» de la práctica literaria, en realidad lo que encubren es una banalización absoluta del acto de escribir, confundiéndolo como un proceso resultadista: un escrito final que puede ser un texto, pero difícilmente será un texto literario.
Un aspecto interesante del libro de Parmentier es que recoge diversas posibilidades de uso de estas herramientas en la escritura, con ejemplos concretos de empleo, y también de renuncia. Para algunos autores, la IA es un medio de búsqueda o de trabajo de documentación, otros la emplean como diccionario, y también hay escritores renuentes por motivos climáticos, como Éric Reinhardt, mientras que el premio Nobel chino Mo Yan ha reconocido usarlo como disparador de la escritura, para vencer el miedo a la página en blanco (p. 53). También hay casos, como el de Bernard Werber citado por Parmentier, o el ejemplo de Jorge Carrión y el Taller Estampa en Los campos electromagnéticos: teorías y prácticas de la inteligencia artificial (Caja Negra Editora, 2023), en que los autores entrenan a los sistemas para que los imiten, o imiten a otros creadores que han cedido voluntariamente su obra, creándose un novedoso espacio de escritura conjunta.
Esto nos lleva a la segunda parte del libro, titulada «Los robots conversacionales o la regresión del imaginario», donde Parmentier muestra que la literatura «ChatGPTisée» o «ChatGPTizada» (p. 62) pasa por una mecanización de los procedimientos, y que no puede hablarse de la IA como musa literaria (p. 70), porque esa musa está construida sobre la apropiación masiva, recordando los términos de diversas demandas interpuestas por autores y guionistas contra las grandes empresas que la han favorecido. El punto de vista de la autora es interesante, porque no olvida que tras el desarrollo de estas tecnologías late un imaginario, que es tan económico y geopolítico –Parmentier describe los dos ejes técnicos, Estados Unidos y China, separados por el eje ético-legal, la Unión Europea– como sociocultural. Por lo tanto, la aclimatación de estos imaginarios a los literarios, o viceversa, debería ser un campo de exploración durante los próximos años (y en eso estamos algunos), porque los campos eléctricos, o electromagnéticos, como los denominan Carrión y Estampa, no dejan de ser campos literarios, en el sentido expuesto por Pierre Bourdieu en su célebre Les règles de l’art: genèse et structure du champ littéraire (Du Seuil, 1992). Algo que evidencia Quand l’IA tue la littérature es la firmeza con la que varios sectores artísticos y sindicales franceses –además de los libreros, renuentes según Parmentier (p. 107-108) a vender libros generados artificialmente– se han opuesto a la entrada de estas técnicas, por violación de sus derechos de autor, con un gran respaldo del sector, lo cual ha animado al desarrollo de restricciones por parte de la Unión Europea, de la que Francia sigue siendo uno de los motores. El amplio frente francés de oposición choca con la abulia de los sectores españoles, que salvo raras excepciones (como algunas asociaciones nacionales y regionales de escritores, por ejemplo) apenas ha protestado contra las prácticas abusivas. Para Parmentier, la «ChatGPTisation» de la literatura que nos espera de otro modo se caracterizará por «la superproducción, la reproducción ilegal, la uniformización de la literatura, la concentración editorial pero también la desmaterialización o, de nuevo, la plataformización de la Galaxia Gutenberg» (p. 77).
A pesar de todo eso, no son pocos los autores, además de los ya mencionados, que se han lanzado a usar la IA, por lo común con un propósito experimental, y Parmentier hace un interesante estado de la cuestión en varios puntos, en especial entre las páginas 78-84 y 98-99. Su examen es más descriptivo que valorativo, y no entra en los problemas de índole estilística y ética que pueden acarrear, aunque más tarde hace un ejercicio con ChatGPT4 y Perplexity, a modo de prueba, que arroja un resultado predeciblemente «escolar» e «impersonal» (p. 90) y «desconectado de mis ideas», según añade la escritora Jennifer Lepp, tras hacer sus propias pruebas (en Parmentier, p. 94). Otro problema que pueden generar, apuntado por Éric Sadin, un ensayista de largo recorrido que viene alertando desde hace años sobre los peligros del Big Data, es el de entrar en una «ère de l’indistinction généralisée», en que ya no sepamos ni qué es real, ni hasta dónde llega lo artificial incrustado en lo real. A nuestros efectos literarios, esos límites borrosos pueden provocar en los lectores un peligroso escepticismo: si ya no tengo claro qué obras han sido escritas por personas, y cuáles por máquinas, prefiero no leer y hacer otra cosa. Por ese motivo es necesaria una regulación (estatal, comunitaria, etc.) que obligue a esclarecer si se ha producido un uso concreto de la IA en un libro.
Parmentier señala que, por su querencia algorítmica por pautas, reglas y constantes, la IA triunfará en aquellos sectores donde la parametrización sea habitual (p. 101), como sucede en la escritura de libros populares o de géneros estandarizados (policíacos, thrillers, folletines, novela histórica, novela rosa, dark romance), así como en el tratamiento de los textos, ya en el paso posterior de la gestión editorial y la traducción, a las que se dedica la tercera y última parte del libro. Aquí se comentan algunas experiencias de la industria del libro francesa, sobre el uso de traducciones e ilustraciones generadas con herramientas de este tipo. Parmentier dice que «la penetración de la IA en los oficios de la edición es innegable, aunque sigue siendo difícil evaluar la intensidad» (p. 134), ya que la característica general de ese uso es su invisibilidad: los editores y traductores son parcos a la hora de responder a sus preguntas, o se niegan a responder. Pero la autora se muestra escéptica respecto a la capacidad realmente creativa para literatura fuera de género y de alta calidad, y recoge opiniones que me parecen interesantes, como las del reconocido novelista Hervé Le Tellier, que recomiendan escribir con más riesgo y menos mediocridad, para evitar parangones con las elaboraciones artificiales (p. 116). En las últimas páginas, la autora explora el tema de la autoedición, que ha crecido y crecerá de forma vertiginosa gracias al uso de estas tecnologías, pues brindan herramientas técnicas a los autores para llevar a cabo por sí solos pasos y procedimientos que antes estaban solo al alcance de los expertos (p. 141 y siguientes) –en términos similares a los apuntados por Joan Fontcuberta sobre la postfotografía–, aunque lo harán sin el criterio ni los conocimientos precisos para extraerles todo el partido.
El resultado del volumen puede ser para algunos lectores, entre los que me encuentro, la descripción de un aterrador presente en marcha donde unos libros escritos con, o por, inteligencia artificial, «desprovistos de singularidad» (p. 159), van a ser procesados (no creo que pueda decirse «editados») por sistemas de IA editorial, para ser leídos (o para leer su resumen) por otras personas y por otras máquinas, que a su vez utilizarán la IA para hacer las reseñas de esas obras (p. 150 y siguientes), de forma que lo que se ha llamado el IA slop llenará de fango retroalimentado todas las etapas del proceso, desde la emisión a la recepción. Para otros lectores, más «integrados», según la terminología de Umberto Eco, Quand l’IA tue la littérature es el crudo retrato de un camino imparable, dirigido por multinacionales opacas y carentes de ética, al que tenemos que adaptarnos sin más, agachando la cabeza hasta dar con la frente en el suelo. Lean el interesante libro de Parmentier, que tantos aspectos aclara, y decidan luego con qué sector se alinean.
Vicente Luis Mora
Profesor titular de la Universidad de Málaga. Autor de Construir lectores
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