Blog de l'Escola de Llibreria

«La belleza de la lectura», de José Antonio Cordón

coberta la belleza de la lectura

Cordón, José Antonio. La belleza de la lectura. León: Eolas, 2025. 153 p. (De la belleza; 29). ISBN 979-13-87753-10-8. 15 €.

A ningún lector escapa el hecho de que existe una belleza intrínseca en el acto de leer. Mas no todos nos sentimos afectados por igual, y de ahí que, entre otros motivos, no todos nos hallemos en situación de escribir un libro sobre este tema. No es, por el contrario, el caso que nos ocupa, pues, con todo acierto, la colección «De la belleza», publicada por la editorial castellanoleonesa Eolas, ha encargado el volumen La belleza de la lectura a un especialista académico en el asunto que se trata: la lectura. Y el resultado ha sido –sorprendentemente, además, por tratarse de un académico– una obra hermosamente escrita y con una calidad escritural excelente. E insisto en ello porque no suelen ser estas, por desgracia, cualidades de los textos divulgativos escritos por profesores.

Considero justificada mi afirmación anterior por el hecho de que José Antonio Cordón, antes incluso que un especialista en la lectura, es un lector extraordinario que ha sabido hacer del placer que le fuera inoculado de niño, una elección profesional durante décadas. De hecho, el currículum profesional de este catedrático de la Universidad de Salamanca no habría podido desarrollarse en sus principales áreas (bibliografía, historia de la edición en España, fuentes de documentación, etc.) de no ser por tratarse, ante todo, de un lector de excepcional avidez y claridad expositiva.

En las ciento cincuenta páginas que componen La belleza de la lectura, el lector encontrará mucho más que una simple exposición sobre el placer de leer: hallará una demostración palpable de la avidez lectora y una profunda inquietud por desvelar los múltiples y ocultos rincones donde la belleza se posa, sutilmente, sobre el acto de leer y sobre aquellos que lo practican. A través de sus páginas, se revela cómo quienes leen no solo transitan por paisajes literarios, sino que también permiten que estos lugares les transformen, convirtiéndose en parte de su propia experiencia vital. Así, el libro nos invita a entender la lectura no únicamente como búsqueda de historias nuevas, sino también como la posibilidad de habitar las ya conocidas, de regresar a ellas con la intimidad y el calor de quien vuelve al hogar, como señala el autor en el emotivo capítulo «La infancia recuperada»: «La belleza de la lectura no radica solo en descubrir relatos inéditos, sino en residir en los familiares, en retornar a ellos como quien regresa a casa, encontrando siempre algo diferente en cada relectura, porque el lector y el libro, ambos, han cambiado con el tiempo».

La obra se estructura en dos secciones diferenciadas: «Impresiones» y «Escenas», cuya forma y contenido son sutilmente distintos. La primera despliega breves piezas, de apenas unas páginas, que se deslizan como susurros poéticos y se concentran en definiciones sobre la lectura, el lector y el libro. Estas páginas, de naturaleza abstracta y construcción depurada, abrazan la metáfora en su forma más esencial y destilan un profundo lirismo mediante frases breves y encadenadas, casi como latidos que definen la sustancia de lo leído y lo vivido. En su composición predomina el verbo ser, que actúa como eje sobre el que se articulan las imágenes y reflexiones, dotando al conjunto de una musicalidad y profundidad que invitan al lector a sumergirse en la belleza contemplativa de la experiencia lectora. Así, «Impresiones» se convierte en un caudal de pensamientos líricos que destilan la esencia de la lectura y la transfiguran en arte. Constituyen aproximadamente la tercera parte del libro y su rasgo formal característico es el de un profundo y extremado lirismo.

Entre otras muchas, leemos las siguientes definiciones: «Todo libro es un reclamo sordo, un aliento mineral que roza las fibras del instinto. Elegir un libro es responder a un susurro que flota en la penumbra, un compás interior que nos acecha sin saberse nombrado» (p. 29); «El lector es un danzarín del silencio, tejedor de rutas en un espacio intangible» (p. 31); «La lectura es un coro en la penumbra» (p. 35); «La lectura es un repelente de la soledad, un filtro contra el ostracismo, una opción taumatúrgica contra el aislamiento y el olvido» (p. 37), o «La lectura no es un fósil, muta, se adapta a soportes, lenguajes y tiempos» (p. 52).

Rara vez se cita a alguien como autor de la definición, pues son retazos impresionistas de lo que el acto de leer ha sido y es para el propio autor del libro; ideas generadas por la reflexión que, unas veces, evocan lecturas, otras, sensaciones o experiencias reales fruto de la propia lectura. Aunque en ocasiones sea el tópico su semilla, estas páginas, sin embargo, constituyen una lectura íntimamente poética del placer de leer y de lo que siente cuando lo hace quien lleva toda su vida leyendo. Rumores, susurros o danzas son ideas a las que se recurre con frecuencia en estas páginas; se trata de un lirismo evanescente y de raigambre oriental que evoca en el lector una sensación parecida a la de la propia lectura cuando nos dejamos embargar por ella.

La segunda sección del libro, «Escenas», ocupa las otras dos terceras partes, un centenar de páginas del formato en octavo del libro. Aquí, como el propio nombre indica, el lector asiste a momentos concretos de la historia (la general, con nombres propios de todos conocidos, pero también la particular del autor como lector) que son descritos deleitándose en lo que de particular tienen. En realidad, se trata de pequeños acontecimientos de la gran historia del libro, fragmentos que el profesor de historia de la lectura y la edición que es José Antonio Cordón extrae ahora para engarzar aquí como partes de la minuciosa joya que es esta obra, La belleza de la lectura.

Por ejemplo, el significativo y clásico encuentro de Agustín de Hipona con san Jerónimo, con la lectura silenciosa de por medio, en «El umbral de la quietud». Ese acto, no solo consciente sino sobre todo inconsciente, que es el que hace de alguien verdaderamente un lector y que encuentra su modelo ejemplar en Agustín de Hipona viendo leer en silencio a san Jerónimo. O los avatares del latinista Poggio Bracciolini («El viaje hacia los libros») en la obsesión humanista de que los libros, en un momento histórico de cambio y transformación, eran «la única riqueza que no podía perderse, que las palabras escritas podían sobrevivir al invierno, a las ruinas y al olvido».

También hay cabida en estas «escenas» para los ojos del lector ante obras emblemáticas guardadas en bibliotecas, como las biblias conocidas como de Maguncia y de Gutenberg, de la Biblioteca del Congreso en los Estados Unidos; el ejemplar censurado del Elogio de la locura de Erasmo, ante el que «cada página arrancada era un grito en el silencio de la biblioteca», señala el autor; o los avatares que siempre han rodeado a la obra de Joyce Ulises («una belleza indómita que se resistía a ser domada por el tiempo o el entendimiento») desde su edición hasta sus traducciones. Especial interés tiene «Una lectura académica», original y sorprendente recreación simbólica del aprendizaje y el significado social de la lectura con evocaciones que podrían ir desde la obra de William Golding hasta el cine de Kubrick y donde la conclusión que parece dejarnos el autor podría ser, con sus propias palabras: «Soy lo que leo».

También algunos aspectos de la historia del libro hallan su espacio entre estos textos. Precisamente la censura («El comienzo de lo terrible») o la creación del papel a partir de los desechos de telas («La belleza de lo inmundo») permiten al autor enfrentarse a las contradicciones que encierra la belleza de la lectura y de su entorno. De igual modo, «La destrucción o el amor» se adentra en las intrincadas paradojas del ámbito editorial, aquellas que los lectores más apocalípticos (o menos integrados) no consiguen sobrellevar. Y vinculado a los anteriores por su relación con el libro en sí como objeto (pues repara en la fuerza simbólica de los títulos de las obras emblemáticas), «El umbral de la belleza» sea, tal vez, de los textos más personales del autor y en el que se muestra como hermeneuta de esa primera línea de cada libro que es su título.

En ocasiones, el autor cede la palabra en estas «escenas» a otras voces (o quizás se la pide prestada a lectores de otros mundos). Es el caso de «Montecristo» y de la lectura que acompaña en su jornada laboral a los trabajadores de las fábricas de habanos. O de «Entre fantasmas», donde se evoca la obra magistral Pedro Páramo de Juan Rulfo. En el último texto, «El latido invisible», la voz recae sobre una inteligencia (supuestamente) artificial que evoca a la vez que se clausura la obra la historia de la lectura hasta ella: «Soy un objeto que grita, aunque el grito carezca de lágrimas y el dolor se diluya en el cálculo matemático de mis circuitos». Una esperanza de ver sobrevivir la lectura por parte del autor permite al lector una dulce despedida. En el fondo, bien lo sabe José Antonio Cordón, experto en el análisis de la historia y los hábitos lectores, no son los libros sino la lectura lo que habrá de permanecer, lo que lleva milenios orientando la mente humana hacia una determinada forma evolutiva.

Mas como ya hemos señalado, en otros casos las «escenas» son recreaciones, más o menos ficticias, de momentos íntimos de la historia lectora del autor: «Valle de Lecrín», «La infancia recuperada», «Un destino cumplido», «Mi amigo Luis», e incluso, quizás, también «La última lectura». En estos casos, el autor se deja llevar entre la evocación emocionada y la descripción de sentimientos que, más allá del momento particular que los origina, constituyen hermosos y bellos fragmentos de la generalidad de la historia lectora de la humanidad. Aunque nos arriesgamos a señalar que, adentrarse en el análisis concreto de estos textos probablemente permitiría emerger un corpus de elementos constitutivos de la más íntima idea de la lectura del autor.

Ambas partes van precedidas por una introducción que, bajo el título «La liturgia de la palabra», pone en antecedentes al lector de lo que sigue: «Como el agua de un río siempre distinta, la lectura cambia al lector, y el lector transforma la lectura, en una dialéctica perpetua de creación y recreación. Por eso su belleza no está confinada a un único gesto, a una única forma». Por lo demás, es un texto en consonancia, formalmente, más con las «impresiones» que irán inmediatamente después, que con las «escenas» de la segunda parte.

En cualquier caso, entre ambas partes existen relaciones. Por ejemplo, entre «El lector perplejo» y «El umbral de la quietud», los textos que abren respectivamente ambas secciones del libro, se tiende un hermoso puente. El inicio del primero, por ejemplo, no es sino la asunción por parte del autor de una escena histórica descrita en la segunda parte. Se trata de la evocación de su iniciación como lector de la mano de su padre. Se trata, así, de una relación desde el principio con los textos antes señalados que, fundamentalmente entre las «escenas» salpican el libro de reflexiones biográficas. Sin duda alguna es, además de un momento epifánico para el autor (como para cualquier lector), uno de los más hermosos párrafos de La belleza de la lectura:

Antes de adentrarme en el cauce invisible de la lectura, la contemplé en la quietud de otros cuerpos. Mi padre, aislado en la penumbra, sostenía un tomo como si el mundo hubiese cesado de latir a su alrededor, mientras mi hermana, flotando en la curvatura de su sillón, alzaba un volumen hacia algún territorio interior donde el reposo adquiría algún aroma indecible. Fue en esa quietud estática, en esas anatomías suspendidas en la tersura de un instante, donde advertí que leer era una secuencia de vocablos, pero también un modo de habitar la realidad desde una dimensión ignota, un pliegue del espacio que se extiende sin testigos (p. 23).

No deja de resultar sorprendente que, en el texto anterior, el autor no aluda a un tiempo sino a un espacio (véanse las cursivas en el texto precedente, mías y no del autor). De hecho, se trata de un fragmento textual más propio, estilísticamente, de las «escenas» de la segunda parte, pero que el autor ha querido ubicar, no casualmente, aquí, al inicio de los textos reflexivos. Es, probablemente, la referencia anafórica más clara en toda la obra, y aquella que abraza, por un lado, las dos secciones del libro y, por otro, las reflexiones o ficciones de carácter general u objetivo, con aquellas otras surgidas de lo más íntimamente vivido por el sujeto autor. En esas oraciones iniciales se anudan todas las definiciones que orbitan alrededor: «Leer, como escribir, es también un acto de resistencia contra el olvido», o «El acto de leer es siempre un diálogo, con el autor, con el texto, con uno mismo. Pero también es un silencio».

Aludimos al inicio a que la relación con la lectura y el placer de leer había permitido al autor dedicarse a una profesión cuya base radicaba en un placentero humus altamente favorecedor y, sin duda alguna, ahí radica en gran medida el estímulo del trabajo vocacionado, tan necesario en nuestros días, y especialmente en el ámbito educativo. En este sentido, resulta grato percibir en las últimas publicaciones de José Antonio Cordón, por ejemplo en El poder de la lectura (Marcial Pons, 2023),[i] así como en La belleza de la lectura, la devoción que caracteriza a un lector de la estirpe de Fernando Savater en el sentido de aquella frase inicial de su autobiografía, Mira por dónde (Taurus, 2003), en la que decía: «En el comienzo… en el comienzo estuvo siempre mi firme propósito de no trabajar».

Resta únicamente, para concluir, señalar la importancia que tres paratextos tienen en la obra que nos ocupa: la dedicatoria a sus hijos, por parte del autor, la cita de Proust que abre el volumen y, finalmente, el contenido emblemático del colofón. Los tres aúnan y resumen las intenciones del autor ante La belleza de la lectura: alabar el acto de leer por su bondad y beneficio para la vida de hombres y mujeres. En ello inciden las palabras del autor de En busca del tiempo perdido y por eso, porque el papel de la lectura en nuestra vida «es saludable», el autor desea en su dedicatoria que no deje de acompañar a sus hijos «incluso cuando el mundo parezca ilegible», es decir, en esos momentos en los que les falten las claves para interpretar la vida.

No otro es el deseo mostrado en el colofón que cierra el libro y que concluye, en una especie de bendición, de acto realizativo del lenguaje sobre los lectores, de algún modo, prometiendo la salvación que implica para los hombres la vuelta al jardín paradisiaco del que fueron desalojados en la noche de los tiempos, aquel lugar edénico en el que hubiéramos podido estar, como quería Savater, sin trabajar, leyendo todo el día. Los lectores solo podremos volver a recuperar lo perdido antaño, paradójicamente, mediante otro pecado, la lectura, a la que Pascal Quignard se refirió como «rapto de alma» o «arrebatamiento». Ese paraíso que José Antonio Cordón, mucho antes de conocer lo ocurrido a san Agustín cuando sorprendiera a su maestro leyendo, descubrió en su propia casa, y que ahora, tras una vida de plenitud lectora, ansía dejar como legado más valioso a sus descendientes. Al fin y al cabo, y como leemos en el texto introductorio de esta obra, «La liturgia de la lectura»:

El lector es tanto un recolector como un alquimista, recoge fragmentos de mundos ajenos y los transforma en parte de su ser, negocia constantemente con el asombro y la intuición. En su rostro, sereno y absorto, podemos intuir la verdadera belleza de la lectura, no sólo en las palabras que lo habitan, sino en la armonía que esas palabras imprimen en su semblante (p. 20).

Serenidad y armonía, no cabe mejor legado en el mundo actual, ya sea para unos hijos, para los alumnos o para cualquiera que aún no sepa qué belleza se esconde tras las páginas de un libro.

Asunción Escribano 

Catedrática de Lengua y Literatura Españolas. Facultad de Comunicación (Universidad Pontificia de Salamanca)


[i] Este libro ya fue reseñado, en su día, en este Blog. (N. de la R.)

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