Blog de l'Escola de Llibreria

«El nivel del aire», de Chloe Aridjis

coberta el nivel de aire

Aridjis, Chloe. El nivel del aire = The spirit level. Trad., Mariano Peyrou. Madrid: Museo Nacional del Prado, 2024. 85 p. (Escribir El Prado = Writting The Prado; 2). ISBN 978-84-8480-616-5. 12,45 €.

El nivel del aire, de la escritora mexicano-estadounidense Chloe Aridjis, es un relato de ficción escrito en el contexto del programa Escribir el Prado, una residencia para escritores fruto de la colaboración entre el Museo del Prado, la Fundación Loewe y la revista literaria Granta en español. Aridjis ha sido una de las escritoras participantes en el programa, tras la intervención de J. M. Coetzee, y junto a otros autores como Olga Tokarczuk o John Banville. La autora pasó ocho semanas en el Museo del Prado escribiendo esta obra entre octubre y noviembre de 2023.

Como ha explicado en entrevistas, Aridjis llegó a Madrid con la intención de trabajar en torno a la figura de Eusebio Hierónimo (Estridón, ca. 340 – Belén, 420), más conocido como san Jerónimo, santo cristiano considerado uno de los Padres de la Iglesia occidental. Jerónimo fue traductor y revisor de la Biblia latina conocida como la Vulgata, texto que el Concilio de Trento declaró auténtico para el uso de la Iglesia en 1546. Es, además, patrón de libreros, traductores, filólogos, bibliotecarios y archiveros.

La figura de san Jerónimo constituye un tema clásico del arte occidental. En el Museo del Prado se conservan numerosas representaciones del santo realizadas por pintores flamencos, españoles e italianos, especialmente entre los siglos XVI y XVII.

El nivel del aire es un relato extraño, escrito en tercera persona y protagonizado por una comisaria de arte que propone y logra organizar una exposición dedicada a san Jerónimo en el Prado. Dicha exposición es ficticia, aunque ciertas coincidencias biográficas con la autora invitan, en un primer momento, a una lectura en clave autobiográfica.

El relato comienza así:

Es extraño dedicar tantas horas a un santo. Ella nunca ha creído del todo en los santos ni en sus historias. Durante mucho tiempo consideró que esos personajes que rondan los pilares, que habitan las alas de los trípticos, eran figuras secundarias, parte de la coreografía de una escena importante de la cual son testigos. Para ella, una piedra nunca es más que una piedra; una rueda, una rueda. Pero ahí está él, un hombre solitario en medio del yermo, en una naturaleza intransigente e inflexible, pero también maleable, que se adapta a las necesidades del santo, a las internas y a las externas, y la piedra con la que se golpea el pecho se ve amplificada por las formaciones geológicas que hay detrás de él y por su misterioso silencio, mientras el inescrutable azul de sus ojos resuena en el espacio que se extiende más allá (p. 11).

A continuación, la autora describe el cuadro Paisaje con san Jerónimo, atribuido al paisajista flamenco Joachim Patinir (1480-1524), y después otra obra que podría corresponder a San Jerónimo en su estudio (1541), de Marinus van Reymerswaele.

Y ahí está de nuevo en su estudio hecho de paneles de madera, pensativo y silencioso, contenido. Es, al fin y al cabo, el más erudito de los santos, y con frecuencia se lo representa como una figura humanista, absorto en sus investigaciones y traducciones.

La autora y su trayectoria

Aridjis se interesa por la figura de san Jerónimo, en primer lugar, porque la inspiración visual es el motor de su escritura. Durante su estancia en el Museo del Prado, solía pasar horas contemplando cuadros, tratando de traducir lo que veía al lenguaje literario. Su interés no se centra en lo religioso, sino en lo icónico y lo simbólico: la figura del anciano erudito y solitario, y la tensión entre la vida intelectual y el ascetismo espiritual. A ello se suma el hecho de que la autora reconoce afinidades entre su propia trayectoria y la imagen tradicional del santo, como recordaba en la entrevista y semblanza publicados por Andrea Aguilar en El País Semanal (17/03/2024).

Nacida en Nueva York en 1971, criada primero en Países Bajos y en México, formada en literatura en Harvard y en Oxford, donde completó una tesis sobre poesía, espectáculos de magia y literatura fantástica en la Francia decimonónica, Aridjis es medio mexicana medio estadounidense. Su madre es de ascendencia judía; su padre desciende de una familia griega asentada en México. Ella vive en Londres y pasa dos meses al año en Ciudad de México, pero fue en Berlín donde empezó su carrera literaria. Ha escrito en inglés tres novelas y una colección de relatos, con los que ha obtenido en Francia el Premio Étranger a la primera novela y en Estados Unidos el Pen/Faulkner. Habla con un suave deje mexicano y un encantador titubeo en castellano; deprisa, con un distinguido acento británico, en inglés, un idioma en el que sus pensamientos se aceleran. «Pasé mi década de los 20 en el mundo académico y no me sentí libre para escribir hasta que llegué a Berlín, que entonces era una ciudad bohemia, con mucha cultura. Trabajaba como traductora y en un festival literario, deambulaba por las calles con mi cuaderno». De ahí salió El libro de las nubes (Funambulista), una primera novela en la que mostró su habilidad para crear atmósferas y retratar lo extraño. La protagonista era una traductora.

Chloe Aridjis es además autora de la novela Asunder (Chatto & Windus, 2013), cuya protagonista es una vigilante de museo que se obsesiona con una obra de arte. La novela se desarrolla también en el espacio físico y simbólico del museo, entendido como lugar de refugio y aislamiento. Posiblemente esta afinidad temática haya sido una de las razones de su selección para la residencia en el Prado. Las protagonistas de ambas obras comparten ciertos rasgos: las dos viven con cierto aislamiento su relación con las obras de arte. En Asunder, un acto violento –el daño infligido a una obra– irrumpe en la rutina y altera la percepción de la protagonista. La novela se articula en torno a la percepción, la vulnerabilidad y la violencia latente, que afecta a la mirada de su protagonista y su relación con el espacio museístico que estructura toda la obra.

El giro narrativo

No es hasta la llegada de un cuadro de san Jerónimo procedente de una colección privada veneciana, cuyo préstamo parecía no haberse autorizado hasta el último momento, cuando el relato de El nivel del aire introduce un giro significativo.

En la entrada espera un anciano con un gran paquete apoyado en su pierna, envuelto como una momia. Alguien debe haberlo ayudado a llegar. Encorvado, frágil, vestido con un traje raído que probablemente fue elegante en otro tiempo, el hombre dice algo en italiano, luego en español, y al darse cuenta de que ella sigue sin entender, pasa a un inglés entrecortado (p. 38).

A partir de este encuentro se establece una comunicación entre ambos. Van a comer a una taberna cercana al museo y el relato se detiene en el viaje rocambolesco del cuadro, transportado bajo el brazo del anciano, desde Venecia hasta Madrid, incluido lo que pudo ser su casi accidente al salir de la ciudad y cruzarse con una góndola funeraria. La narración culmina en una sorpresa final que funciona como un giro de guion y pone término a una acción que hasta entonces había resultado esquemática y poco detallada en sus dimensiones artísticas e históricas.

Por ello, El nivel del aire da la impresión de ser un relato con más posibilidades de las que ofrece y que finalmente se queda corto, una vez despertado nuestro interés por el santo, su historia y la introducción al mundo del museo. Las ocho semanas de residencia de la autora en el Prado no han sido suficientes para desarrollar en profundidad una visión de la complejidad de un contexto como este, ni la vida interior de quienes habitan el museo, lo recorren o trabajan en él.

Se percibe así una oportunidad perdida de adentrarse con mayor profundidad en las visiones, los pensamientos y el trabajo de una comisaria de arte enfrentada a un tema central de la historia cultural de Occidente: la Biblia, la tradición judeocristiana, su transmisión y su representación artística a lo largo de los siglos.

Desde este planteamiento, el relato podría haber ofrecido también un mayor desarrollo de la figura de san Jerónimo y de su relación con santa Paula, su discípula. En torno a ambos se articuló una intensa vida de estudio y trabajo textual, orientada a la clarificación de las Escrituras en un contexto marcado por la diversidad de versiones latinas. En Belén, los monasterios vinculados a Jerónimo y Paula funcionaron como espacios dedicados a la lectura, la copia y la reflexión, donde el examen atento de los textos ocupaba un lugar central.

Ese énfasis en la erudición y la vida retirada contribuyó a fijar una imagen duradera de san Jerónimo como figura del saber ascético, que alcanzó un especial arraigo en la cultura española de la Edad Moderna. La Orden de San Jerónimo, estrechamente vinculada a la monarquía y a importantes centros de poder intelectual y religioso, gozó de un notable prestigio en España, lo que explica la abundancia de representaciones del santo en la pintura de los siglos XVI y XVII. Muchas de estas obras forman hoy parte de las colecciones del Museo del Prado, donde san Jerónimo aparece como emblema de la vida intelectual cristiana.

Permítaseme una digresión, pues la figura de san Jerónimo invita a trazar un puente hacia México y, de manera muy especial, hacia la figura de sor Juana Inés de la Cruz. Fundada en los primeros momentos del período colonial, la orden jerónima se convirtió en uno de los cauces de transmisión de modelos culturales y espirituales peninsulares al ámbito americano. La pertenencia de sor Juana Inés de la Cruz a la Orden de San Jerónimo la sitúa en esa tradición, caracterizada por una valoración singular del estudio y del recogimiento. Aunque mediada por un contexto histórico radicalmente distinto, su intensa vida intelectual en el convento de San Jerónimo puede leerse como una resonancia lejana de ese ideal erudito que, desde la Antigüedad cristiana hasta el Barroco español, encontró en la figura de san Jerónimo una de sus imágenes más persistentes.

San Jerónimo en la pintura

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Izquierda: San Jerónimo del taller de José de Ribera (siglo XVII)

El relato de Aridjis nos introduce en las diferentes representaciones de san Jerónimo que encontramos en la pintura de este periodo histórico, desde el santo penitente en su retiro en el desierto de Calcis (la actual Siria) como consecuencia de la crisis espiritual e intelectual que sufre tras recibir una sólida formación clásica en Roma en las materias de retórica, filosofía y literatura latina. Por ejemplo, el dramático san Jerónimo del taller de José de Ribera influenciado por el tenebrismo de Caravaggio. Hasta las representaciones en las que aparece entre libros, papeles, estanterías y tinteros que alaban la vida monástica. Como en las obras del taller de Jan Massys (1530-1540).

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Derecha: San Jerónimo del taller de Jan Massys (1530-1540)

En este fragmento del relato de Aridjis encontramos el correlato histórico de estas dos representaciones, a pesar de las imprecisiones, puesto que los cuadros de san Jerónimo eremita siempre muestran a un anciano, aunque realmente su edad debía estar entre los 27 y los 32 años. Jerónimo relata en una de sus cartas un célebre sueño en el que es acusado de ser «ciceroniano, no cristiano».

En Antioquía sufre una crisis de fe y escribe lo que probablemente sea su primer texto, De septies percussa («Los siete azotes»). A mediados de la Cuaresma del año 375 tiene un sueño que le cambia la vida en el que lo llevan a un tribunal ante el Señor y lo acusan de seguir a Cicerón, es decir, de preferir los clásicos (la literatura pagana) a las escrituras cristianas.

Reza y ayuna en el desierto de Calcis y aprende hebreo de un judío converso. Luego empieza a dominar el griego. […]

Tras ser llamado de vuelta a Roma, llega a ser secretario del papa Dámaso en el año 382. Se dedica cada vez más a realizar profundas investigaciones sobre la Biblia y a la traducción. Predica la importancia de la vida monástica y condena el hipócrita estilo de vida del clero. Discute con muchos de sus colegas. Tras el fallecimiento de Dámaso, Jerónimo se dirige a Tierra Santa en el año 385.

En Tierra Santa conoce a santa Paula, una monja acaudalada y viuda. Entonces cambia su suerte. Se une al círculo de Paula, del que también forma parte su hija Eustoquia, y participan juntos en un peregrinaje por Egipto y Palestina. Jerónimo se convierte en el consejero espiritual del grupo.

En Belén, Paula erige un monasterio para Jerónimo y sus seguidores, y se levanta otro para las monjas. Salvo por algún viaje ocasional, Jerónimo pasa allí el resto de su vida (p. 16-17).

Santa Paula y la vida intelectual femenina

Antes del siglo XVII, el monasterio no era únicamente un espacio de retiro espiritual, sino el único refugio institucional donde las mujeres podían desarrollar una vida intelectual rigurosa. En el siglo IV, Paula y su hija Eustoquia, discípulas de san Jerónimo, sentaron las bases de la mujer erudita en el cristianismo. Su labor nos dice dos cosas fundamentales sobre el espacio monástico temprano. Este permitió el acceso al estudio de las lenguas y a la crítica textual. Paula y su hija aprendieron hebreo, griego y latín, algo insólito para las mujeres de su época. Su monasterio en Belén se convirtió en un centro de traducción. Se sabe que fueron piezas clave en la creación de la Vulgata. No eran simples copistas; eran correctoras y críticas que discutían las exégesis de la Biblia.

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El embarco de santa Paula Romana, de Claudio de Lorena (1639)

Para mujeres con una gran curiosidad, la vida religiosa era una estrategia de libertad. En lugar de someterse al matrimonio y a las constantes cargas de la maternidad (que a menudo truncaban cualquier intento de estudio), el claustro ofrecía tiempo protegido. La regla monástica, aunque estricta, organizaba el tiempo, permitiendo horas dedicadas a la lectura y la escritura. Los conventos solían albergar bibliotecas y archivos que eran inaccesibles para las mujeres laicas. El monasterio permitía el intercambio de ideas entre mujeres.

Sor Juana Inés de la Cruz

Aunque sor Juana vivió en el siglo XVII, su decisión de entrar en la Orden de San Jerónimo fue una respuesta directa a la tradición iniciada por Paula y Eustoquia. Su figura nos revela la tensión y el potencial del claustro. En su famosa obra Respuesta a sor Filotea de la Cruz (1691), utiliza precisamente los ejemplos de santa Paula y otras mujeres que realizaron aportaciones en diferentes disciplinas para argumentar que el intelecto no tiene sexo y que la Iglesia tiene una larga deuda con la educación femenina. Así lo explican biógrafos de renombre, como Octavio Paz en Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe (Fondo de Cultura Económica, 2018), en la que se explica por qué eligió a la orden jerónima. Primero probó suerte con las Carmelitas Descalzas, pero la rigidez de su regla (enfocada casi exclusivamente en la ascesis física y el silencio) no encajaba con su necesidad de estudio. Ella sabía que la orden llevaba el nombre del santo que había trabajado codo con codo con mujeres eruditas como Paula y Eustoquia y llega a afirmar en su respuesta la siguiente forma de pensar: si san Jerónimo, doctor de la Iglesia, permitió y fomentó que estas mujeres estudiaran hebreo y griego, ¿por qué la Iglesia del siglo XVII me lo prohíbe a mí?

Lamentablemente, sor Juana se vio obligada a renunciar a su biblioteca y a abrazar una ascesis rigurosa tras su enfrentamiento con el obispo de Puebla, oculto tras el seudónimo de «sor Filotea». Si tomamos como referencia la iconografía de san Jerónimo, ella recorrió el camino inverso: en lugar de transitar desde el desierto como penitente hacia la luz del estudio, sor Juana fue empujada desde su celda de estudio de vuelta a la aridez de la observancia.

Entre el desierto y la celda de estudio

La tensión intelectual y existencial que vivieron san Jerónimo o sor Juana Inés es una de las más interesantes del pensamiento occidental. ¿Es el conocimiento un camino hacia Dios o una distracción que nos aleja de Él? Estas y otras figuras similares de la tradición cristiana lo resolvieron pensando que conocer la obra es la mejor manera de amar a su autor.

El nivel del aire da pie a estas reflexiones y lecturas; es un relato sugerente, pero que –por su brevedad– sabe a poco. Y nos invita a trazar ciertas analogías como la que aquí he ensayado, entre el monasterio y la celda de estudio, frente al museo, con sus salas de cuadros dedicadas a la contemplación sosegada.

En cuanto a la propuesta editorial, en lugar de priorizar una versión bilingüe en castellano e inglés (que parece obligada por la brevedad de la obra y las necesidades de maquetación editorial), habría sido más enriquecedor intercalar reproducciones de las obras pictóricas mencionadas que forman parte de la colección del Museo del Prado. Esto habría permitido al lector dialogar visualmente con el texto y habitar, de manera más completa, esa galería de jerónimos que la autora intenta descifrar.

Eduardo Zotes Sarmiento  
De la 7.ª promoción de la Escola de Llibreria  

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