«Las redes de la lectura: análisis, modelos y prácticas de lectura social»

Faggiolani, Chiara; Vivarelli, Maurizio (eds.). Las redes de la lectura: análisis, modelos y prácticas de lectura social. Trad., Almudena Zapatero. Gijón: Trea, 2019. 258 p. (Biblioteconomía y administración cultural). ISBN 978-84-17767-17-4. 25 €.

Siempre he encontrado misteriosa y atrayente la lectura, que esconde tras la quietud el arrebato y es hermética a plena luz, dice la protagonista de Noche y océano, de Raquel Taranilla (Seix Barral, 2020). Los estudios sobre la lectura han concitado desde siempre el interés de los investigadores que, desde puntos de vista muy diversos, han analizado un fenómeno tan generalizado e identificable como hermético fuera de las apreciaciones vinculadas con sus entornos.

Aunque la información sobre la lectura se ha ido incrementando con el paso de los años, principalmente la proporcionada por los lectores, los editores o las agencias encargadas de su monitorización a través de anuarios, informes y estudios de todo tipo, la impresión es la de navegar sobre la superficie de una actividad que, como todas las que tienen relación con las industrias culturales, con la transmisión de información y con la transferencia de elementos intangibles, apenas sobrepasa la prueba del voluntarismo epistemológico.

Las herramientas arbitradas para secuenciar la lectura, de carácter sociológico en su mayoría, recaban sobre todo datos cuantitativos (cuánto se lee, dónde, por qué, etc.). Y las que revisten un carácter más cualitativo no pasan de ser puramente anecdóticas en el maremágnum de datos aportados (libros más leídos, más valorados, etc.).

Detrás de la afirmación «he leído» se encierra un universo indescifrable al que es imposible responder con los datos objetivos extraídos de una encuesta, o incluso de los manifestados por los propios lectores a través de los circuitos establecidos para ello, como redes sociales de lectura y otros sistemas para el intercambio de información sobre los títulos consumidos. Los estudios de recepción pueden dar fe del contexto sobre la evolución de la lectura de una determinada obra, pero sin pormenorizar ni individualizar cada una de las lecturas, o cuando esto se hace, a través de los marginalia que un autor realiza sobre otro, se ejerce una pirueta de extrapolación solo sobre aquellos aspectos que el lector ha marcado como interesantes, sin que esto permita concluir que el resto no lo han sido.

Siempre existirá esta deficiencia sobre la trascendencia y profundidad del acto de leer, desde el momento en que es imposible descifrar las conexiones conscientes e inconscientes que esta representa en relación con el resto de las actividades, y la pervivencia de estas conexiones en el tiempo, habida cuenta del carácter entrópico del recuerdo lector.

Toda obra publicada reviste el carácter de prototipo, y en tanto que tal, encarna una condición única que es diferente para cada lector, pero también para cada momento de lectura. Esto convierte la lectura en un terreno pantanoso difícil de descifrar cuando se pretenden evaluar sus repercusiones en los sujetos que la practican, lo que ha dado lugar a teorías de lo más diverso, que han intentado aprehender lo inasible, esto es, la conciencia que se difumina en el acto que analiza. Wolfgang Iser, Hans Robert Jauss, Umberto Eco, etc., han conceptualizado al sujeto lector y a la obra leída desde esa pretensión de reconstrucción de un mensaje incompleto que requiere de la participación del receptor para culminar su sentido. El problema es que este no es unívoco, sino fragmentario y polifacético.

Esta complejidad de signos se sustancia ya desde la propia enunciación donde lo que el autor dice, no tiene por qué coincidir con lo que quiso decir, por falta de claridad mental, por déficits de recursos estilísticos, por imposiciones editoriales, por intervención de la censura, etc., con lo que la crítica interpreta qué ha dicho o qué ha querido decir, con lo que los lectores entienden según las modalidades de lectura, y finalmente con lo que el propio autor interpreta que fundamenta su mensaje. Aunque se trata de cuestiones solo relevantes para el especialista, para el hermeneuta que persigue la explicación global, interesa conocer cuáles son los niveles de información que se han ido desprendiendo de las obras a lo largo del tiempo, y cuál su alcance potencial y real.

Las reconstrucciones arqueológicas de una suerte de facsímil intencional, además de imposibles, se bifurcan en fuentes tan prolijas como contradictorias e incompletas, sujetas a su vez a las mismas condiciones de partida hermenéutica que pretenden resolver. El texto, inamovible y estable, requiere de una legión de elementos ancilares que sirven para contextualizarlo y posibilitar aproximaciones a la fortaleza inexpugnable de sentido. Ediciones, estados, versiones cambiantes en el tiempo, pero también entrevistas, diarios, confesiones, correspondencias, críticas y un sinfín de escritos servían y sirven para articular un asedio, siempre inconsistente y en continua renovación, a un legado semántico indefinido. La crítica genética y la bibliografía material han intentado dar respuesta a una de las incógnitas de la ecuación, la que tiene que ver con la creación, con el restablecimiento del conjunto de emisiones de un autor en el desarrollo de su obra. Se trata de una actividad que, por muy sistemática y con pretensiones de exhaustividad que revista, siempre estará sujeta a la permanente revisión impuesta por la novedad o el descubrimiento. Pero aun admitiendo sus condiciones de posibilidad como cierre categorial, quedará en un estadio incierto, ausente el otro polo de la ecuación, el de su impacto y proyección en el ámbito de la recepción.

Ante estas inconsistencias, lo único objetivable es lo que se puede cuantificar, de ahí que las informaciones sobre el mundo del libro fueran abriéndose desde lo filológico a lo sociológico, a un tipo de datos vinculados con la actividad editorial y de lectura, más entroncadas con la perspectiva del consumo que con la de la creación.

Lo singular del caso es que este segundo eslabón del acto de lectura, consustancial al mismo, y que le otorga su carácter social, ha estado descuidado durante siglos, no tanto porque fuera indiferente a los intereses culturales, políticos o económicos, sino por las dificultades operativas de alcanzar un consenso sobre sus dimensiones y los obstáculos para medir los mismos.

Ahora bien, en el ámbito digital, los elementos etiquetables y recuperables se han multiplicado desde el momento en que toda lectura deja rastro, y que por lo tanto las actividades vinculadas con la misma son identificables, con el consentimiento o no del lector que, consciente o inconscientemente, cede su práctica formal al análisis de quienes pueden explotar los datos.

En este sentido la interpretación de la lectura digital instaura un modelo diferente, un programa de investigación nuevo, por emplear los términos de Imre Lakatos, inherente a lo que denominaba heurístico positivo, en la medida en que los datos extraíbles no son imputables al voluntarismo o a la declaración de unos individuos, sino observables directamente de sus acciones.

Lo digital instaura un nuevo eslabón en la interpretación que permite el paso del qué se lee al cómo se lee, aunque sea de manera parcial, y solo en la medida en la que las intervenciones de los lectores recalen sobre una parte del texto. Es la diferencia entre el decir y el hacer lo que fundamenta los nuevos derroteros abiertos en el ámbito digital. De la mera declaración, he leído a Dostoievski, se migra a la intervención sobre su obra a través de subrayados, comentarios, mensajes en redes sociales o recomendaciones de frases, pensamientos o sentencias. La genealogía del perfil lector, la biografía o la biobibliografía, se ha visto hasta ahora beneficiada por una suspensión de la incredulidad, o por una credulidad incondicionada a partir de las meras formulaciones de parte. Contemplar a Marilyn Monroe leyendo Ulises de Joyce, a Morgan Freeman confesando su pasión por Faulkner, o a Johnny Depp por T.S. Elliot, Rimbaud, Baudelaire y Dylan Thomas, traslada el vínculo autor-lector de una manera acrítica que es asumida como un hecho transparente e incremental en su currículum simbólico. Y esto es extrapolable para cualquier declaración relacionada con la lectura. Sin llegar a la boutade de Pierre Bayard, para hablar de los libros que no se han leído, sí se puede articular la sospecha de que leer, en muchos casos, no es tal, sino recorrer la mirada sobre el texto. De ahí la importancia de los estudios sobre los modos efectivos en los que la lectura no solo se practica, sino que también se comparte, se activa y se hace social.

La obra editada por Chiara Faggiolani y Maurizio Vivarelli, Las redes de la lectura: análisis, modelos y prácticas de lectura social, publicada por la editorial Trea, analiza los sistemas y estrategias empleados por los que la lectura deviene en social, y rastrea los trazos que va dejando el lector mediante expedientes muy diversos. Las posibilidades abiertas por las tecnologías de la información y la comunicación, así como los análisis de grandes masas de datos, permiten saltar de la anécdota a la categoría y realizar hipótesis sobre el comportamiento lector irrealizables en un entorno impreso.

La obra se fundamenta en el proyecto de investigación Leggere in rete: analisi delle pratiche di lettura in ambiente digitale, iniciado en 2013 por Maurizio Vivarelli y Chiara Faggiolani, editores del libro, con el objetivo de realizar una aproximación al funcionamiento de la práctica de la lectura en el entorno digital, especialmente en el contexto de las redes sociales. Los resultados se publicaron con el título de Le reti della lettura: tracce, modelli, pratiche del social reading, Milán, por Editrice Bibliografica en 2016. Aunque pudiera parecer que el volumen que se analiza es una mera traducción del publicado en Italia, no es así por cuanto se han actualizado los capítulos para la edición española y se han incorporado algunos autores que no estaban presentes en la edición de referencia.

Este volumen se estructura en dos partes. En la primera, con un componente teórico y prospectivo, se examinan las transformaciones experimentadas en el campo de la lectura y las propias del entorno digital, al tiempo que se caracterizan los patrones dominantes en las prácticas de la lectura social. La segunda parte entraña una dimensión más práctica orientada a la exposición de modelos y ejemplos en los que se concreta la Lectura Social y algunos fenómenos concomitantes.

La primera parte comienza con el ensayo de Giovanni Solimine («El libro y la lectura en papel y en formato digital»), que analiza el contexto en el que se desarrolla la lectura digital y las características fundamentales de esta, tanto las que, en opinión de Solimine, se están produciendo, como aquellas que deberían implementarse pero que aun no lo han hecho o solo de forma incipiente. Constituye una buena introducción para aquellos que se quieran aproximar al fenómeno, pero con temas tratados en numerosas publicaciones que insisten en los mismos factores, con mayor profundización. La carencia de citas de obras recientes en el capítulo abunda en esta consideración de mera aproximación al fenómeno, puramente divulgativa. Además, con la limitación de que las quejas sobre la carencia de información relativa a datos de lectura, en el segmento juvenil por ejemplo, no son imputables a la situación española, donde se cuenta con herramientas de diagnóstico y análisis sólidamente implantadas como Hábitos de lectura y compra de libros, publicada por la Federación de Gremios de Editores y el Ministerio de Cultura desde el año 1999,[1] en la que hay capítulos específicos dedicados a la lectura entre los jóvenes.

Gino Roncaglia («Las metamorfosis de la lectura») parte de la hipótesis de que:

«…la historia de la evolución y de las transformaciones de la práctica de la lectura es también la historia de la evolución y de las transformaciones de las distintas formas de textualidad y de la tecnología y sistemas de producción, material y social, de los textos y sus soportes». (p. 34).

Se trata de una afirmación que bebe en las propuestas de McKenzie (2005) y Chartier (2019) vinculando los cambios sociales a las transformaciones tecnológicas, de tal manera que no pueden analizarse las modificaciones en cualquier tipo de práctica cultural sin tener en cuenta aquellas. El autor emplea un término interesante para referirse a la lectura social, a la que caracteriza como neo-extensiva, en el sentido de que aprovecha las posibilidades de las plataformas, redes y aplicaciones para ampliar su cobertura y prestaciones. Es dentro de este contexto en el que analiza las diversas formas de textualidad digital que se definen fuera del libro, esto es, todo el conjunto de prácticas en las que se puede encarnar la práctica del Social Reading, además de la canonizada vinculada al uso de los libros. Correo electrónico, entradas de blogs, mensajes, tuits, chats, son objeto de estudio, examinando sus componentes principales y en qué medida participan de las nuevas formas de lectura y escritura. Califica la intervención en las redes sociales como una forma de screttura, en la medida en que en ellas se hibridan tanto la lectura como la escritura. Como el capítulo anterior, se trata de una exposición más divulgativa que de investigación, en la que se insiste en cuestiones ampliamente estudiadas por la literatura profesional, y en la que abundan citas de textos algo antiguos, cuando la lectura digital estaba empezando a experimentar serias transformaciones, entre 2009 y 2011 principalmente, pero pocas del momento actual. Concluye el capítulo con la afirmación de que

«En este trabajo, hemos prestado especial atención a la lectura “fuera del libro” en el ecosistema digital, tratando de bosquejar sus tipologías a través del análisis de las principales formas de textualidad online

Sin embargo, aun siendo todas las que están, no están todas las que son, principalmente aquellas aplicaciones de lectura social que en forma de complementos, bien en forma de desarrollos autónomos, permiten la intervención del lector sobre los textos existentes en la red, y que conforman lo que Vitali-Rosati ha denominado como Editorialización de la Web (2014, 2018). Su presencia habría sido un buen complemento para un capítulo que, como el anterior, constituye una meritoria introducción a algunos de los cambios experimentados por la lectura en los últimos años.

Más interesante y completo es el capítulo desarrollado por Luca Ferrieri («Lectura y lectores en la era de las redes sociales»). Comienza el autor con la invocación a la sentencia de Marx «Todo lo sólido se desvanece en el aire»,[2] para contraponer el ámbito de los objetos considerados físicamente al de la desmaterialización representada por la nube, encarnada en el concepto de lo líquido, en tanto que transformación permanente y sostenida en el tiempo. La contraposición es afortunada pues no solo afecta a los objetos, sino también a los sujetos y a los procesos implicados en esta profunda transformación inducida por el entorno digital. Adorno y Horkheimer hablaban de los parques humanos del consumo, para referirse a una sociedad para la que el objetivo se había trasladado no tanto al placer estético sino al brillo fetichista de la mercancía. El consumidor se ha convertido en la figura contemporánea central en el nuevo orden sociológico. La ansiedad posmoderna del consumo nace de la creación de nuevas necesidades y de la obsolescencia programada, que se han erigido en paradigmas centrales del nuevo orden económico. La sociedad postindustrial se sustenta en la producción incesante de necesidades inéditas para garantizar un renovado ejército de futuros consumidores detrás del interminable flujo de presuntas innovaciones (Patiño, 2017). Lo que caracteriza a la posmodernidad es, además, que esas necesidades se han convertido en diferencias comercializables (Byung Chul, 2017). De ahí que, como subraya Ferrieri:

«La era en la que los mecanismos de valoración económica o simbólica han penetrado hasta tal punto en el corazón de los procesos de lectura y escritura que se han vuelto prácticamente invisibles. Esto puede hacer que el análisis de los cambios en la forma del libro parezca inseparable del análisis de los procesos sociales y económicos que lo acompañan, como ocurre con Internet y las redes sociales. El texto es el contexto.»

A lo largo del capítulo se efectúa un análisis de las características principales de la lectura digital hasta desembocar en el fenómeno de la Social Reading, que estudia, invocando a autores como Bob Stein y otros. Se trata de una descripción acertada, aunque en algunos momentos se confunde la lectura como actividad y la lectura como proceso, como cuando critica al autor de esta reseña al tildarlo de «optimista», por considerar que la lectura es cada vez más social, y que esta ha sido siempre una de sus características. Fundamenta esta crítica en el hecho de la naturaleza asocial de muchas formas de lectura, sin tener en cuenta que la existencia de las mismas no invalida el hecho de que siempre ha existido una tendencia generalizada a compartir autores y títulos, por parte de aquellos que han disfrutado de los mismos.[3] Ferrieri enfatiza la importancia de las interfaces de lectura, considerando que se ha prestado escasa atención a las mismas:

«Por tanto, desde el punto de vista efectivo, todos los poderes mágicos de la interfaz de la lectura digital están muy limitados, en parte por la ya mencionada inmadurez del entorno digital de lectura, y también por las decisiones tomadas acerca de la propiedad intelectual (por ejemplo, todas las herramientas para la manipulación y copia de textos están coartadas por prohibiciones y temores ligados a la violación de los derechos de autor). Al fin y al cabo, muchos de los defectos de la interfaz nacen del escaso conocimiento de las necesidades y las costumbres de los lectores, por parte de los productores y de los diseñadores. Tanto es así que las interfaces de lectura digital están todavía muy lejos de la sencillez, flexibilidad y naturalidad que deberían caracterizarlas.»

Este es un aspecto fundamental en una forma de lectura en la que la mediación tecnológica no es ya una elección sino una condición. La existencia de un aparato intermediario determina los resultados y formas de las prácticas en función de la situación de partida del mismo (hardware y software), pero también de las competencias del usuario para aprovechar las mismas. De ahí que Ferrieri apele a invisibilidad del estrato tecnológico como desiderátum imputable al nuevo entorno. Cabe aquí invocar el concepto de affordance, acuñado por primera vez por James J. Gibson en 1977, describiéndolo como «Todas las posibilidades que materialmente ofrece un objeto para reconocer cómo usarlo» (Cordón, 2018). En la medida en que esta facilidad de reconocimiento y uso sea mayor, la optimización de las prestaciones se incrementará igualmente.

Maurizio Vivarelli («Ver la lectura: datos, imágenes, documentos») propone, como señalan los editores de la obra, «un análisis diacrónico de los modelos de “reflexión” y representación de la lectura, prestando atención primero a los modelos iconográficos e iconológicos que han caracterizado a las representaciones del acto de leer y, después, a las técnicas de visualización de datos, a través de las cuales se puede “ver” la lectura que se practica en el entorno digital, en donde las relaciones entre libros, textos y lectores son redirigidas a los datos —invisibles en su forma digital—, en los que se depositan las huellas de esta lectura reconfigurada.»

Son dos partes netamente diferenciadas y forzadamente relacionadas, pues una cuestión son las formas en las que la lectura se representa a través de diferentes fuentes[4] (como afirman Jorge Moreno y Julián López, no deja de resultar paradójico el hecho de que necesitemos de la imagen «para recomponer el sentido de nuestros encuentros con el texto») y otra el uso de los big data que se desprenden de las diferentes acciones de lectura para secuenciar las características de esta, en la línea de lo que Moretti (2018) (a quien no se cita en ningún momento en el texto), denominaba como «distant reading» (ver reseña en este blog).

El estudio de las imágenes de la lectura cuenta con una amplia tradición, de la que Vivarelli da cuenta de una manera bastante detallada, por cuanto se trata de representaciones que evocan épocas, formas y modalidades, difíciles de describir de otra manera, y en este sentido esta parte del capítulo reviste una utilidad destacable por remitir a las fuentes que permiten restituir esta reflexión. Sin embargo, la sección dedicada al tratamiento de los datos y su representación se queda corta, pues se limita solo a algunas formas de análisis, y como se señala, se trata de un tema que es abordado en otros capítulos de la obra. Más interesante habría sido una aproximación como la que efectúa Mendelsund (2015), en la que se analiza la imagen de la lectura no tanto en sus representaciones sino en las imágenes que el texto incluye y sugiere al lector, con todo el conjunto de transferencias, sustituciones, ausencias y transformaciones que el cerebro proyecta sobre aquel.

Finaliza esta primera parte con el capítulo de Mònica Baró y Maite Comalat («La promoción de la lectura en España: objetivos, experiencias, resultados») en el que se analiza desde una perspectiva diacrónica el desarrollo de la lectura y de los programas de promoción de esta en España, dejando constancia de las iniciativas de carácter institucional y privado que se han articulado en el tiempo. Se trata de un capítulo actualizado y bien fundamentado en el que, además de la descripción de los principales programas de promoción de la lectura, se hace una reflexión sobre lo que implica esta en la actividad profesional como una acción incardinada a la socialización de la práctica lectora, principalmente desde las bibliotecas.

La segunda parte de la obra reviste un carácter más práctico pues, sin dejar la reflexión teórica, ejemplifica con el análisis de sitios, plataformas y procesos, la aplicación de la lectura social, sus condicionantes y posibilidades.

En el primer capítulo de esta segunda parte, realizado por Viola Marchese («Las redes sociales y el social reading: mapa de las prácticas de lectura en la red, una primera aproximación»), se realiza una tipificación de los diferentes sitios de lectura social, y se analizan los mismos según patrones de análisis que toman como referente los establecidos por Stein (2010) y por Heikkilä, Laine y Nurmi (2013), aunque sometidos a matices que los actualizan.

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Fuente: Heikkilä, Laine y Nurmi (2013)

El análisis de centra en dos tipos de redes, aquellas en las que el texto digital no está presente, en las que se desarrollan acciones como las recomendaciones de lectura, el intercambio de opiniones sobre una obra y las valoraciones. Y aquellas en las que se cuenta con el contenido digital, dentro de las cuales se diferencia entre las que se ofrece una lectura colaborativa de los textos y las plataformas en las que se propicia la relación con autores y lectores.

En la primera tipología se analizan:

En la segunda categoría son objeto de análisis:

Plataformas de lectura compartida

Comunidades de escritores y lectores

Los análisis que se hacen de cada uno de los sitios son breves pero suficientes para conocer sus principales funcionalidades. Está claro que un estudio de esta naturaleza es siempre provisional, debido al fuerte componente de innovación que afecta a estos, en los que el equilibrio demográfico (nacimientos-defunciones), está siempre evolucionando. Pero se trata de una buena fotografía de los lugares más significativos y de las prácticas más generalizadas, en un contexto en que, como señala la autora, nos hallamos en una fase intermedia en el mercado de la lectura digital, aquella que va caminando hacia la madurez. Y concluye con una afirmación con la que no podíamos estar más de acuerdo:

«Más allá de todo lo comentado, creo que la cuestión central ha cambiado: ya no es el libro y lectura tradicional vs. ebook, sino la competencia feroz entre todas las formas de entretenimiento en un contexto en el que gana quien consigue mantener la atención del usuario durante el mayor tiempo posible.»

La pugna por encontrar un lugar en ese contexto de economía de la atención constituye uno de los principales desafíos para el mundo de la creación, como se pone de manifiesto en el informe Racine (2020), sobre el estatus del autor y el creador. Se subraya en el mismo la posición de fragilidad cada vez más acuciante que sufren los autores debido a su falta de visibilidad en un contexto cultural cambiante.

Nicola Cavalli, en un breve capítulo de siete páginas («Prácticas del social reading en el entorno editorial»), parte de la caracterización de Stein para analizar algunos ejemplos de los desarrollos realizados desde el sector editorial, principalmente en el ámbito de las librerías, aventurando las potencialidades de las nuevas tecnologías para el sector, desde el punto de vista de la organización, gestión y comunicación con la red de usuarios. Se trata de un capítulo demasiado genérico que podría haberse aprovechado para analizar las decenas de iniciativas editoriales emprendidas sobre todo desde el punto de vista de la recomendación de contenidos y la visibilización de las obras, pero que se ha quedado en un mero esbozo de estas.

Los capítulos de Lorenzo Verna, Chiara Faggiolani y Edoardo Brugnatelli («Perspectivas del análisis de datos», «Experiencias de análisis de datos: text mining y network science», «Gomorra: 10 años de conversaciones en aNobii») desarrollan las posibilidades del análisis de datos para el conocimiento de las prácticas de lectoescritura, a través de diversas metodologías (estudio de la intervención de los lectores, análisis de las reseñas, etc.), con objeto de ilustrar la potencialidad que entraña un mejor conocimiento de las interacciones generadas y de las conexiones entre estas. Por ejemplo, Chiara Faggiolani y Lorenzo Verna recurren a una de las vinculaciones clásicas en bibliometría, la cocitación, el acoplamiento bibliográfico, o el análisis de proximidad, para exponer el fundamento teórico de las indagaciones a través del big data, que permiten descubrir vínculos no visibles en una aproximación superficial:

«El libro A y el libro B están relacionados entre sí con una cierta intensidad expresada por el número y la distancia de nodos vecinos en la red de partida. […] Simplificando, podríamos decir que el libro A y el libro B están unidos con una fuerza de intensidad 50, por ejemplo, si comparten el 50 % de lectores, en este caso, los autores de comentarios sobre dicho libro. De este modo, obtenemos una nueva red de relaciones latentes que no se expresan explícitamente al observar el dato originario.»

Es muy interesante el capítulo dedicado al análisis de la obra Gomorra desarrollado por Eduardo Brugnatelli y Chiara Faggiolani, por cuanto el primero a su condición de editor le une la de haber tenido la ocasión de publicar la obra, lo que lo dota de un conocimiento de primera mano para aproximarse a la misma, tanto desde su intrahistoria como desde el exterior. Por otra parte, el análisis de reseñas empleando la técnica de big data no es habitual, por lo que este ejercicio constituye un buen ejemplo de indagación en las huellas digitales y sus modalidades con respecto a una obra. La metodología empleada combina dos sistemas, uno cuantitativo, desplegado por Faggiolani y otro cualitativo-interpretativo empleado por Brugnatelli. El estudio de la ocurrencia de términos y de la curva de popularidad representan dos líneas de investigación muy interesantes para el estudio individual de una obra o de un autor. Como los autores subrayan en relación con la actividad de la reseña:

«Es precisamente la casi programada subjetividad de las reseñas lo que hace más interesante su lectura, porque a través de ella no solo se puede señalar las infinitas formas de las reseñas individuales por parte de los lectores, sino que, sobre todo, se asiste a una especie de ritual laico online en el que, al primer acto de fe (privado) que es la lectura, le sigue un segundo que —en cierto modo— completa el primero y que consiste precisamente en mostrar la postura públicamente, la reseña en el ágora electrónica de aNobii. […] Para los lectores de este libro (y de libros como este), leer no es una actividad privada, solipsista, que desaparece cuando se llega a la última página.»

Su función como dinamizadora de la visibilidad de un título se puede apreciar en el gráfico que se inserta con la evolución de la curva de popularidad en la que el primer salto alcista se produce cuando se alcanza el pico de reseñas en aNobii, y el segundo, tras del lanzamiento de la serie televisiva:

El último capítulo se dedica al estudio de la red Tekstum, por parte de Marc Santandreu («Tekstum: sentiment analysis específico para el sector editorial: cómo la inteligencia artificial puede ayudar al mundo del libro»). Aunque se trate de una plataforma desaparecida en el proceso de elaboración del libro reseñado, no deja de tener interés como concepto, pues ha sido una de las pocas iniciativas que han tomado como referencia los sentimientos generados en los lectores para propiciar recomendaciones basadas en las escalas de similitud entre las obras (Cordón et al., 2018). Es esta una tendencia significativa por cuanto se aleja de los modelos convencionales, basados en los historiales de lectura y de compra, para recoger las impresiones y reacciones emocionales del lector ante la obra.

En definitiva, nos encontramos ante una reflexión novedosa, fundada en una investigación previa, con todas las ventajas e inconvenientes que esto conlleva desde el punto de vista de la actualización, pero indudablemente interesante por las vías que abre para investigaciones futuras. El campo de la lectura social ha conseguido suscitar la atención de un buen elenco de investigadores y se ha mostrado como rico en posibilidades y vertientes explorativas, sobre todo desde el punto de vista del análisis de los big data. La literatura científica que se va generando en torno a los fenómenos que les afectan demuestra las posibilidades que entraña un terreno apenas explorado. Por ejemplo, Ming Zhan, Qin Yu y Ji Wang (2020) han desarrollado un interesante estudio sobre el efecto de los hashtags en Instagram para la visibilidad de las obras, examinando varios millones de datos procedentes de la red. Una veta igualmente abierta al terreno de los prescriptores digitales, que ocupan una posición de campo diferenciada respecto a la crítica tradicional, pero con una incidencia cada vez mayor en las decisiones de compra de libros, cuyas tasas de conversión responden a métricas controlables por editores y distribuidores. Son muchos los editores que los han incorporado en las tareas de promoción de las obras y miles los lectores que persiguen sus consejos para planificar su próxima lectura, de ahí la existencia de un campo de estudio prometedor en la indagación de estas interacciones que escapan del modelo de la mediación tradicional.

Referencias

  • Byung-Chul, Han (2017). La expulsión de lo distinto. Barcelona: Herder.
  • Chartier, Roger; Scolari, Carlos A. (2019). Cultura escrita y textos en red. Barcelona: Gedisa.
  • Cordón-García, José-Antonio (2018). «Combates por el libro: inconclusa dialéctica del modelo digital». El profesional de la información, vol. 27, n.º 3 (mayo-junio 2018), p. 467-481. Disponible también en línea.
  • Cordón García, José Antonio; et al. (2018). «Operation patterns in recommendation systems limitations, functionalities and performance in the digital environment». Journal of information technology research, vol. 11, issue 4 (Oct. 2018), p. 16-31.
  • Cruces, Francisco (dir.) (2017). ¿Cómo leemos en la sociedad digital?: lectores, booktubers y prosumidores. Barcelona: Ariel; Madrid: Fundación Telefónica. Disponible también en línea.
  • Heikkilä, Harri; Laine, Janne; Nurmi, Olli (2013). Social reading in e-books and libraries. Helsinki: Next Media. Disponible también en línea.
  • McKenzie, D.F. (2005) Bibliografía y sociología de los textos. Madrid: Akal.
  • Mendelsund, Peter (2015). Qué vemos cuando leemos. Barcelona: Seix Barral.
  • Moretti, Franco (coord.). Literatura en el laboratorio: canon, archivo y crítica literaria en la era digital. Barcelona: Gedisa, 2018.
  • Patiño, Antón (2017). Todas las pantallas encendidas. Madrid: Fórcola.
  • Racine, Bruno (2020). L’auteur et l’acte de création. Paris: Ministère de la culture. Disponible también en línea.
  • Stein, Bob (2010). A taxonomy of social reading: a proposal. [Brooklyn, NY: The Institute for the Future of the Book]. Disponible en línea.
  • Vitali-Rosati, Marcello (2014). «Digital paratext, editorialization, and the very death of the author». En: Desrochers, Nadine; Apollon, Daniel (eds.). Examining paratextual theory and its applications in digital culture. [Hershey, PA]: IGI Global, p. 110127.
  • Vitali-Rosati, Marcello (2018). On editorialization: structuring space and authority in the digital age. Amsterdam: Institute of Network Cultures. Disponible también en línea.
  • Zhan, Ming; Yu, Qin; Wang, Ji (2020). «Effectively organizing hashtags on Instagram: a study of library-related captions». Information research, vol. 25, no. 2 (June 2020). Disponible en línea.
  • Zweig, Stefan (2012). El mundo de ayer: memorias de un europeo. Barcelona: El Acantilado.

[1] Una reseña de Hábitos de lectura y compra... se puede leer en este blog. (N. de la R.) 

[2] Antonio Muñoz Molina publicó en 2013 la obra Todo lo que era sólido (Seix Barral), aludiendo a esta sentencia de Marx que, completa, sería: «Todo lo sólido se desvanece en el aire; todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas». Se trata de una sentencia que, tomada del Manifiesto comunista, se emplea hoy para referirse a un mundo de apariencias en el que prima el espectáculo, la publicidad y el ilusionismo. 

[3] Se podrían invocar cientos de ejemplos de este fenómeno, pero por emplear alguno que muestre la antigüedad del mismo sirvan las palabras de Zweig (2012), quien al relatar las actividades de los escolares de finales del siglo XIX comenta:

«Gracias a la comunión de intereses, seguíamos de cerca el orbis pictus de los acontecimientos culturales no con dos sino con veinte o cuarenta ojos; lo que a uno se le pasaba por alto lo retenía otro… no había nada suficientemente escondido, por más peculiar que fuese, que nuestra ávida curiosidad colectiva no fuera capaz de sacar de su escondrijo… durante las horas de clase, yendo o volviendo de la escuela, en el café, en el teatro, durante los paseos, nosotros, mozalbetes de bigote incipiente, no hacíamos más que hablar acerca de libros.»

[4] Un estudio de carácter etnográfico y antropológico se propuso en los capítulos dedicados a la imagen de la lectura en el volumen colectivo Cómo leemos en la sociedad digital, coordinado por Francisco Cruces (2017), realizados respectivamente por Jorge Moreno Andrés y Julián López García (cap. 6: «Fugas»), y por Romina Colombo (cap. 7: «Lecturas de interior»). Libro reseñado en este blog

José Antonio Cordón García
Universidad de Salamanca

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