«¿Cómo leemos en la sociedad digital?»

Cruces, Francisco (dir.). ¿Cómo leemos en la sociedad digital?: lectores, booktubers y prosumidores. Barcelona: Ariel; Madrid: Fundación Telefónica, 2017. 283 p. (Claves de actualidad; 76). ISBN 978-84-08-17845-3. 15 €. Disponible también en línea

La actividad de la lectura y la figura del lector, de los lectores, constituye uno de los frentes de interés más significativos de la investigación interdisciplinar en los últimos años. El acto de leer y sus representaciones, han suscitado el interés de las diferentes disciplinas científicas implicadas en su desarrollo, concitando un elenco cada vez más amplio de estudios y reflexiones desde puntos de vista muy diversos y, en ocasiones, antitéticos. Lo fascinante de este fenómeno es su dificultad para encerrarlo en una única aproximación o interpretación, pues sus perfiles son tan polifacéticos que la interdisplinariedad se impone en cualquier análisis que se quiera acometer de la misma.

Nora Catelli, en un excelente ensayo sobre las diversas funciones de la representación de la lectura en la narrativa de los últimos doscientos años (Catelli, 2001), en el que se glosan las figuras de los lectores de ficción en las obras de autores como Balzac, Flaubert, Nerval, Hawthorne, Conrad, Charlotte Brontë, Clarín, Zola, Virginia Woolf o Juan Benet, traza un paisaje sobresaliente de la percepción de la lectura y sus representaciones que se concilia con el concepto que de la misma se ha tenido a lo largo de los últimos siglos. Desde la sacralización del texto y la actividad para desentrañarlo (Wellmon, 2015), pasando por la singularización del lector como elemento crítico y activo, en consonancia con una actividad editorial preocupada por la legibilidad y la pureza de los textos, hasta la articulación de corpus textuales amparados por los big data y las teorías de la distantreading de Moretti (2013), ha emergido una relación dialéctica, no exenta de tensiones entre una consideración «teológica», fetichista, de la lectura, y otra más desapasionada y pragmática, que tienen su correlato en los numerosos puntos de vista y reflexiones que han aparecido en todo tipo de medios, tanto divulgativos como científicos.

La lectura como actividad ha experimentado numerosas metamorfosis (Gubern, 2011), pero dentro de una invariancia esencial vinculada con una tradición que arranca principalmente desde la edad media y la paulatina expansión del silencio y la concentración como fundamentos básicos de la misma (Cordón García, 2017; Manguel, 2013; Chartier; Cavallo, 2011). Los cambios experimentados durante este largo periodo han tenido más que ver con la percepción de la misma desde el punto de vista cultural, social y económico que con la práctica en sí misma (Soccavo, 2014).

La disyuntiva que se plantea es la de la consideración del impacto de lo digital sobre el ecosistema de la lectura como un simple epifenómeno de un fenómeno global, el de la progresiva digitalización de la sociedad, o por el contrario, como un hecho singular con un grado de autonomía relevante respecto al proceso general. Y los tres ejes en los que se ha de articular cualquier reflexión sobre la materia han de pivotar sobre si hoy denominamos con libro, lectura y lector a los mismos fenómenos que denominábamos con esos términos hace 30, 40 o 50 años, si se trata de un cambio de grado o de categoría, o si la transformación reviste un carácter disruptivo que rompe con la tradición anterior.

A algunas de estas interrogantes responde la obra coordinada por Francisco Cruces, auspiciada por la Fundación Telefónica.[1]

La obra cuenta con un interesante título, que asume la premisa, verosímil, de que nos encontramos en una sociedad digital en España, pues todas las contribuciones apelan a las experiencias lectoras en nuestro país. Se trata de una convicción que pudiera parecer un tanto optimista a la luz de las cifras que arrojan los estudios sobre la implantación real de lo digital en las sociedades desarrolladas, pero razonable, si la comparamos con otras aseveraciones más temerarias que hablan de lo postdigital como el paradigma vigente (Paganelli et al., 2016).

Independientemente de esta cuestión, meramente académica y discursiva, el título reviste cierta confusión en cuanto a los objetivos y límites de la obra, pues parece apuntar a un análisis de cómo se desarrolla la lectura digital, como fenómeno nuevo y diferenciado respecto a las prácticas anteriores, presunción reforzada por el subtítulo de la obra, pero en realidad se trata de un estudio de diferentes prácticas de lectura, en las que lo digital adquiere un carácter parcial. En realidad, una vez leída la obra, el título adquiere mayor consistencia, pero el equívoco inicial es inevitable para quien espera encontrar análisis de formas de lectura estrictamente digitales, que aunque encuentran alguna aproximación en algunos de los capítulos de la monografía, no son el objeto de la misma.

Hecha esta salvedad, nos encontramos con un elenco de capítulos sumamente interesantes sobre la lectura y sus representaciones, elaborados por una gavilla de muy buenos especialistas en la materia. Francisco Cruces, Gemma Lluch, Remedios Zafra, Julián López García, Gloria G. Durán, Jorge Moreno Andrés, Romina Colombo, Nuria Esteban, Anna Esteve, Virginia Calvo y Maite Monar desarrollan un conjunto de contribuciones focalizadas sobre las formas de leer y de concebir la lectura por diferentes comunidades de lectores.

Se pretende, como señala el coordinador de la obra, Francisco Cruces, en su capítulo introductorio, analizar cómo se lee, entendiendo la lectura como práctica socialmente estructurada «dotada de determinada organización, cargada de historia, un conjunto complejo de significaciones. Y porque a su vez es estructurante: organiza los tiempos del sujeto, expresa sus relaciones con el mundo, lo relaciona de variadas formas con otros múltiples actores, tanto colectivos como personales, distantes como cercanos. Construye su mundo y lo expresa. Es esa multiplicidad de determinaciones, densa y silenciosa, lo que viene encastrado en la práctica de la lectura y que el analista trata de desenterrar». Esta aproximación es sin duda interesante pues incorpora una mirada formal, externa, al propio acto de leer, que no tiene en consideración el qué o el cuánto, objeto de atención por casi todos los estudios de lectura, sino el conjunto de disposiciones, de rutinas y de patrones que articulan formas de comportamiento ante el texto. Desde este punto de vista la perspectiva metodológica es muy interesante y potencialmente enriquecedora si se descubren pautas diferenciales de comportamiento en las formas de leer en la «sociedad digital». El impacto de los nuevos soportes; los sujetos lectores en su diversidad; el tejido institucional y cultural de la lectura, y la relación de las prácticas con el contexto local en que se producen, son las variables que subyacen en los once capítulos de la obra, aunque el peso que cada una de ellas tiene en el conjunto varía considerablemente. Pero, además, hay varias líneas de fuerza que recorren los textos y que servirán para comentar algunos de los aspectos fundamentales de los mismos: la lectura social, el canon de lectura o la lectura como canon, el papel del papel en un entorno digital, o la invariancia iconográfica de la lectura.

La lectura social ha sido objeto de numerosos estudios y análisis, desde que Stein formalizara su conceptualización en una serie de estudios y aportaciones (Cordón García et al., 2013), y si existe una caracterización inequívoca del comportamiento lector en la sociedad digital es precisamente el afán de comunicarse, de intercambiar opiniones, de compartir lecturas, en definitiva de socializar su experiencia. El éxito de redes como Whattpad, Goodreads, Librarything y muchas otras constituye una evidencia del empuje de un comportamiento socializador respecto a las prácticas culturales en general y a la lectura en particular. Esta tendencia no es algo nuevo, de hecho el síndrome de la comunicabilidad está implícito en los hábitos lectores desde hace siglos, como puede rastrearse en las numerosas memorias, correspondencias y reflexiones biográficas y autobiográficas existentes, en las que el proselitismo bibliográfico constituye uno de sus elementos fundamentales. Lo novedoso en la actualidad radica en las posibilidades que la tecnología ha desencadenado, transformando en universal o global una experiencia anteriormente limitada por las restricciones de lo impreso. En este sentido lo social se ha extendido en varios frentes estrechamente interconectados: Redes sociales especializadas, redes sociales generales con sitios específicos de colaboración y recomendación, blogs especializados en formas particulares de literatura que actúan como recomendadores implícitos, aplicaciones de lectura social, funcionalidades de socialización en aplicaciones de lectura general, canales de recomendación generales y especializados (booktubers) y plataformas comerciales con sistemas de recomendación.

Gemma Lluch aborda el estudio del comportamiento lector de jóvenes y adolescentes a partir del análisis de los blogs y canales de video elaborados por un grupo de estos en la red. Es interesante la caracterización del perfil de blogueros y booktubers y de sus maneras de operar respecto a la lectura. Resulta significativo comprobar cómo las generaciones más jóvenes de lectores aprovechan la red para proyectar sus inquietudes, gustos literarios y creaciones, pero su comportamiento digital no se extiende a la lectura, que prefieren, en su mayoría en papel. Esta circunstancia, refrendada por numerosas investigaciones (Merga; Roni, 2017; TwoSides, 2017; Perbal, 2017; Singer, 2017; Myrberg, 2017; Baron, 2016; Bruneau, 2016) y por los diferentes informes sobre la lectura que se publican en casi todos los países del mundo, da fe de los diferentes ritmos que lo digital reviste en cuanto a la lectura. Sin embargo, lo que podríamos denominar como una práctica propia de las generaciones más alfabetizadas digitalmente no ha encontrado aún su anclaje en estos sectores. La última encuesta publicada por la Federación de Gremios de Editores de España sobre hábitos de lectura y compra de libros (Hábitos, 2018) apoya este aserto.

Esta socialización, entendida como participación, interactuación, coparticipación, está implícita en casi todos los capítulos del libro, bien como estrategia para difundir a los clásicos en el seno de un aula escolar (El Quijote o Tirant lo Blanc entre blog y Google Maps) bien como prácticas desarrolladas en el seno de clubes y talleres de lectura. A través de las aportaciones de Gemma Lluch, Remedios Zafra, Francisco Cruces, Anna Esteve, Virginia Calvo, Maite Monar, etc. se percibe la transformación operada por las tecnologías de la información y la comunicación en la articulación de comportamientos que podíamos denominar como «enriquecidos», en la medida en que aprovechan canales y medios digitales para potenciar su impacto y proyección entre los lectores. Remedios Zafra lo plantea meridianamente: «Internet transforma la práctica que llamamos ”lectura” (antes claramente delimitada) y esto es sintomático de un nuevo régimen para el sujeto conectado». Un hecho relevante de todas estas investigaciones y experiencias es la comprobación de cómo los lectores simultanean dos entornos sin solución de continuidad, el impreso y el digital; el primero para el desarrollo de una lectura que sigue siendo canónica, y en cierto modo fetichista, como se puede comprobar en el interesante capítulo de Francisco Cruces, donde se plantea la dicotomía Analogía/Digitalia, y el segundo para las interacciones suscitadas por la práctica inicial. Las imágenes de la lectura que transmiten Jorge Moreno y Julián López, o Romina Colombo con respecto a la imagen de la lectura en las revistas de decoración, tratados como termómetro de los cambios funcionales que determinan las nuevas prácticas, también reproducen estos dos sistemas, muy descritos por Colombo: «podríamos decir que también para la práctica lectora en casa hay dos ritmos de cambio: uno de lentitud “geológica”, en que reconocemos gestos y objetos preservados en los cuerpos lectores durante siglos (así, por ejemplo, el soporte de lectura sostenido entre las manos), y otro de rapidez “sísmica”, en que observamos gestos y objetos nuevos a los que los cuerpos, los hábitos y la casa se adaptan».

Emerge a lo largo de los textos esa figura de lector «híbrido» de la que habla Cruces, aunque la mezcla revista singularidades que se vuelcan más hacia lo canónico que hacia lo disruptivo. La figura del libro impreso como referente casi absoluto en los diferentes grupos de lectores, la idolatría, en algunos casos, al libro considerado en su condición meramente física, la naturaleza de las obras leídas y comentadas, hablan de un ámbito de escaso recorrido digital, pues lo digital únicamente se manifiesta en el comportamiento en la red, en el aprovechamiento de las herramientas sociales para trasladar experiencias y sensaciones, percepciones respecto a lo leído que no difieren del comportamiento habitual en la red respecto a otro orden de cosas. Unas actitudes que están más emparentadas con la hipervisibilidad y extimidad (Sibilia, 2012), en la que en numerosas ocasiones es más importante ser visible compartiendo que compartir, dejar constancia de que se ha leído, más que leer.

El estatus del lector digital queda bien dibujado en la obra, que cumple con creces los objetivos contemplados en los prolegómenos, aunque hubiera sido interesante contemplar la lectura digital propiamente dicha, esto es, los rasgos diferenciales entre la lectura en dispositivos, como ordenadores, tablets y móviles, no únicamente en el uso de las redes sociales, sino en el marco del ecosistema propio de la práctica digital para lo que existen referentes importantes como las investigaciones del grupo de Anne Mangen en Noruega, o los experimentos desarrollados en España por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez con Territorio Ebook, que no se mencionan a lo largo de toda la obra, a pesar de constituir este último proyecto, el programa de etnografía de la lectura en la sociedad digital más importante de los acometidos en España en los últimos años (Cordón García, 2016).

Aunque el uso de las redes sociales constituye un elemento diferenciador poderoso en los patrones de lectura, la ruptura del canon impreso, considerando como tal el salto a la pantalla como elemento de intermediación, representa una de las formas de cambio más interesantes en la actualidad por cuanto no se trata solo de reproducir un discurso en otro soporte, sino de asimilar las lógicas internas de un sistema de mediación que implica, por un lado, cierto grado de apropiación tecnológica, y por otro, de asimilación de las lógicas de interoperabilidad semántica. Si la lectura fragmentaria, hipervinculada, conectada instaura una forma de ruptura radical, solo lo puede hacer en tanto que induce rituales y fórmulas inherentes a los nuevos soportes y sus géneros derivados.

La obra coordinada por Francisco Cruces arroja interesantes reflexiones sobre la lectura, desde puntos de vista muy diversos. Reflexiones que sin duda tendrán continuidad en los trabajos de este grupo de investigadores y profesionales tan implicados en el estudio de un tema tan importante y nuclear en las sociedades contemporáneas.

Referencias.


[1] En esta obra se puede contemplar unas de las singularidades de la edición digital, en relación al poco cuidado con que se desarrolla la misma. La obra en papel, en pdf y epub (los tres descargables gratuitamente desde el sitio web de la Fundación Telefónica (https://www.fundaciontelefonica.com/arte_cultura/publicaciones-listado/pagina-item-publicaciones/itempubli/601/) no son equivalentes, pues la versión en epub carece de la tabla de capítulos de las dos anteriores, con lo que el lector carece de una visión de conjunto de los contenidos de la misma, imprescindible en una obra de carácter colectivo, y de obligada inserción para soportes que tienen en la navegación una de sus condiciones básicas. En el formato pdf sí aparece ésta,  pero no se puede navegar con ella, pues no están hipervinculados los títulos con sus correspondientes capítulos, y en el epub aparece la relación de capítulos, pero sin denominación alguna, con lo que se podría navegar, pero ciegamente, sin saber a dónde conduce cada número de capítulo, pues, además, la primera página a donde remite carece de identificación conceptual ninguna. No deja de ser paradójico que una obra sobre la sociedad digital desconozca en su presentación formal, aspectos fundamentales que facilitan la lectura digital, por no hablar de la carencia de un índice analítico imprescindible en este tipo de obras.

José Antonio Cordón García
Universidad de Salamanca

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