El hombre que susurraba a los lectores

Montroni, Romano. L’uomo che sussurrava ai lettori. Pref., Dario Franceschini; con una nota di Ernesto Ferrero. Milano: Longanesi, 2020. 203 p. (Il cammeo; 634). ISBN 978-88-304-5587-0. 16 €.

Comenzaré esta reseña con unas breves notas introductorias que servirán para enmarcar la figura del autor de este ensayo con un título tan evocador. Contratado a los veinte años como chico de los recados en la librería Feltrinelli de Bolonia, Romano Montroni se convirtió entonces en encargado del almacén y vendedor, y finalmente en director general durante un periodo de 40 años, hasta el año 2000. Profesor contratado en el máster de Edición de la Universidad de Bolonia, desde 2001 imparte clases en la escuela de libreros Umberto y Elisabetta Mauri. También ha sido presidente de Cepell, el Centro del Libro y la Lectura, del que actualmente es presidente del comité científico.

Todos los títulos de sus libros parecen capaces de despertar el interés y la curiosidad de los lectores de este blog: Vendere l‘anima: il mestiere del libraio (Laterza, 2006), Libraio per caso: una vita tra autori e lettori (Marsilio, 2010), I libri ti cambiano la vita (Longanesi, 2012). Estos ensayos están íntegramente dedicados al mundo del libro y al oficio de librero, desde una perspectiva biográfica, porque derivan de la experiencia personal y científica, porque pretenden sistematizar de forma objetiva los elementos fundamentales del trabajo diario en la librería.

El título del libro cuyo contenido voy a exponer, L‘uomo che sussurrava ai lettori (El hombre que susurraba a los lectores), recuerda quizá a la famosa película dirigida y protagonizada por Robert Redford, The horse whisperer, basada en la novela homónima de Nicholas Evans. Se sugiere, se diría, una yuxtaposición entre la figura del librero y la de un llamado susurrador, persona considerada capaz de comunicarse por vías misteriosas con los caballos u otros animales, dotada por tanto de un profundo carisma que no implica el uso de violentos instrumentos de corrección.

Todo buen librero se configura en realidad como una especie de terapeuta en la medida en que es capaz de sugerir títulos de libros o combinaciones entre ellos, recorridos de lectura temáticos o en profundidad para satisfacer la curiosidad intelectual del lector o proporcionarle elementos de reflexión para repensar su experiencia personal. El librero como terapeuta del alma, podría decirse.

Este es también el sentido fundamental de la moderna biblioterapia, un importante ejemplo de welfare cultural muy extendido hoy en día, especialmente en los países anglosajones, y cuya importancia es reconocida explícitamente por Montroni: «Il termine compare per la prima volta nel 1916, in un articolo dell‘Atlantic monthly, [...] Ma l‘importanza dei libri e il ruolo della biblioteca erano ben chiari anche agli Antichi e hanno continuato a esserlo nei secoli ("Luogo di cura per l‘anima" era inciso sulla facciata di una biblioteca a Tebe, in Egitto...» (p. 71 ).[i] El librero curador de almas entonces, sacerdote laico de nuestro tiempo, comprometido con la difusión de la cultura y el conocimiento, ya no entendidos en un sentido elitista sino concebidos democráticamente como un patrimonio disponible para todos los que quieran acceder a él.

El contenido del libro se divide en tres secciones fundamentales precedidas y seguidas, respectivamente, por dos notas introductorias y un apéndice editado por Flavia Romano. El primer apartado se titula «Come nasce un lettore»: está dedicado a las políticas de fomento de la lectura, del libro y de la industria editorial que lleva a cabo Cepell, el Centro del Libro y la Lectura del que Montroni ha sido presidente desde 2014 y del que actualmente preside el comité científico. Se plantean aquí las diferentes políticas de implementación y difusión del libro adoptadas a lo largo del tiempo, centradas principalmente en los niños y jóvenes, consciente de que «la lettura e‘ troppo spesso vissuta come un obbligo o come qualcosa che serve necessariamente per studiare» (p.21). La cuestión es precisamente ésta, dice Montroni, hacer entender a la gente que la lectura es ante todo un placer, un gozo.

Entre las iniciativas propuestas, destacamos «Libriamoci», un evento de lectura en voz alta en el que participan escuelas de todos los niveles, un proyecto creado junto con el Ministerio de Educación italiano para fomentar la inclusión de actividades de lectura en los programas escolares y crear así figuras institucionales de lectores como ocurre en otros países europeos. Si bien el contexto de referencia es de hecho el italiano, la comparación con el conjunto del contexto europeo en términos de tendencias y datos estadísticos es constante.

Otro de los objetivos institucionales de Cepell es la promoción de los autores nacionales en el extranjero, por lo que convoca premios de traducción literaria y apoya otras herramientas de consulta en línea para favorecer los contactos entre traductores y editoriales.

La implicación terapéutica que parece sugerir el título del libro no se desestima sino que se confirma, ya que tras identificar un problema, entendido aquí como el bajo índice de difusión de la lectura en Italia, se plantean varias soluciones posibles. El compromiso de las instituciones educativas y pedagógicas oficiales se hace necesario por el hecho de que el problema se enmarca en términos de desastre social, en la conciencia de que, como dice Montroni, «L‘analfabetismo di ritorno e la povertà educativa sono lacune che, oltre a ripercuotersi sulla vita del singolo individuo, compromettono lo sviluppo dell‘intero Paese»[ii] (p. 40).

Montroni no deja de sostener la importancia de «la lettura come forza trainante per il progresso civile e come strumento di redenzione sociale»[iii] (p. 197), atribuyendo así un verdadero valor salvífico a la cultura y, por tanto, a los libros a través de los cuales se difunde. Él mismo admite que ha querido que el Papa Francisco intervenga para destacar su importancia en la prevención y solución de los problemas sociales que aquejan a la humanidad (p. 197). Por tanto, diría que seguimos moviéndonos dentro de la metáfora que sugiere el título, el librero como terapeuta de almas.

Los capítulos centrales, «I librai del futuro» y «Le librerie del futuro», identifican los puntos más destacados de una trayectoria evolutiva ideal para ambos. Se reitera la importancia de la formación profesional, porque el librero es una profesión y la librería es una empresa comercial: «I librai dovrebbero sapere tutto del merchandising, dell‘assortimento, dell‘esposizione, della verticalità... Dovrebbero essere obbligatoriamente aggiornati e informati, come i medici»[iv] (p. 51).

Se consolida la visión del libro como «mercancía cultural»: es necesario pensar en el libro como una mercancía porque si entra en el mercado debe someterse a sus reglas, pero sin embargo ‒argumenta Montroni‒ como producto del espíritu humano entra en la esfera artística (p. 48). Las librerías del futuro sólo podrán hacer frente a los retos que plantea la expansión del mercado digital combinando la profesionalidad, reconocida también institucionalmente, y la dimensión humana de la calidad del servicio. Y para responder a la pregunta de qué se entiende por servicio, utilizaré la definición que da el propio Montroni en su libro de 2006: «E‘ l‘insieme degli atteggiamenti a valore aggiunto che in se stessi non comportano la fornitura di un bene fisico; servizio è qualunque attività caratterizzata da una miscela di atteggiamenti tangibili e intangibili svolta in libreria a beneficio del cliente, con l‘obiettivo di soddisfare una sua esigenza o un suo desiderio».[v]

De acuerdo a la misma metáfora del librero como terapeuta, no se puede dejar de recurrir a la prescripción de medicinas que aquí se presentan como «Pillole di incoraggiamento per librai» (Píldoras de ánimo para libreros) según el título del último capítulo del libro.

Aquí Montroni se limita a adaptar al contexto de la librería consideraciones y razonamientos extrapolados de algunas obras literarias que le han afectado de diversas maneras: «las cinco claves del futuro» identificadas por Howard Gardner, por ejemplo, pero también encontramos algunas máximas de Gandhi, las reglas de autodisciplina formuladas por Henry Miller, el decálogo de un almirante de los Navy Seals redactado para sus cadetes. ¡Y no podía faltar la analogía entre una librería y un campo de fútbol!

Una cierta obviedad, la vaguedad de algunos contenidos o el frecuente recurso a fórmulas de uso generalizado creo que constituyen la principal debilidad del libro. Me refiero a obviedades como la consideración de que «solo chi ama leggere può trasmettere l‘amore per la lettura» (p. 32) porque es imposible transmitir una pasión que no se posee; o también a la consideración de fórmulas que Montroni admite que cita invariablemente: «...la prima è sapere, saper fare e saper essere; la seconda, duttilità+flessibilità+ironia=intelligenza»[vi](p. 90). Por último, ¿qué pensar de afirmaciones como aquella según la cual «la libreria non può, non deve essere un posto dove si entra e si compra, bensì un posto in cui si guarda, si tocca, si sfoglia, si pensa, e solo alla fine si sceglie»[vii] (p. 110)?

Es de lamentar que la extrema generalidad de algunos contenidos pueda afectar a la calidad de las reflexiones propuestas y restarles valor o credibilidad, pero esa es exactamente la sensación que tuve terminando mi análisis del libro, cuya lectura, no obstante, recomiendo.

Daniela Pinna
De la 6.ª promoción de la Escola de Llibreria

Podeu fer-hi un tast de les primeres pàgines de l'obra.

 

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Montroni, Romano. L’uomo che sussurrava ai lettori. Pref., Dario Franceschini; con una nota di Ernesto Ferrero. Milano: Longanesi, 2020. 203 p. (Il cammeo; 634). ISBN 978-88-304-5587-0. 16 €.

Comincero’ questa mia recensione con qualche breve nota introduttiva che servira’ a inquadrare la figura dell’Autore di questo saggio dal titolo tanto evocativo.Assunto appena ventenne come fattorino nella libreria Feltrinelli di Bologna,Romano Montroni ne divenne in seguito magazziniere e commesso, infine direttore generale per un periodo di 40 anni, fino al 2000. Professore a contratto presso il Master in Editoria dell’Universita’ di Bologna, dal 2001 e’ docente della scuola per Librai «Umberto e Elisabetta Mauri». E’ stato anche presidente del Cepell, il Centro per il libro e la lettura del quale attualmente presiede il Consiglio scientifico.

I titoli dei suoi libri sembrerebbero tutti poter suscitare interesse e curiosita’ fra i lettori di questo blog: Vendere l’anima: il mestiere del libraio (Laterza, 2006), Libraio per caso: una vita tra autori e lettori (Marsilio, 2010), I libri ti cambiano la vita (Longanesi, 2012). Si tratta di saggi interamente dedicati al mondo del libro e al mestiere del libraio declinati secondo una prospettiva insieme biografica, perche’ derivata dall’esperienza personale, e scientifica perche’ intesa a sistematizzare su basi oggettive gli elementi fondamentali del lavoro quotidiano in libreria.

Il titolo del libro il cui contenuto mi appresto a esporre, L’uomo che sussurrava ai lettori, si richiama forse al famoso film diretto e interpretato da Robert Redford, The horse whisperer, tratto dal romanzo omonimo di Nicholas Evans.Viene suggerito, si direbbe, un accostamento tra la figura del libraio e un cosiddetto whisperer, persona considerata capace di comunicare attraverso vie misteriose coi cavalli o altri animali, dotata percio’ di un carisma profondo che non implica il ricorso a strumenti di correzione violenti. Ogni buon libraio effettivamente si configura come una sorta di terapeuta nella misura in cui e’ capace di suggerire titoli di libri o accostamenti fra essi, percorsi di lettura tematici o di approfondimento per soddisfare la curiosita’ intellettuale del lettore o fornirgli spunti di riflessione per ripensare la propria personale esperienza. Libraio dunque come terapeuta dell’anima, si direbbe.

Questa e’ anche l’accezione fondamentale della moderna biblioterapia, importante esempio di welfare culturale oggi diffuso soprattutto nei paesi Anglosassoni, la cui rilevanza viene esplicitamente riconosciuta da Montroni: «Il termine compare per la prima volta nel 1916, in un articolo dell’Atlantic monthly. [...] Ma l’importanza dei libri e il ruolo della biblioteca erano ben chiari anche agli Antichi e hanno continuato a esserlo nei secoli ("Luogo di cura per l’anima" era inciso sulla facciata di una biblioteca a Tebe, in Egitto...» (p. 71). Il libraio come curatore d’anime dunque, laico sacerdote dei nostri tempi impegnato sul fronte della diffusione della cultura e del sapere, non piu’ intesi in senso elitista ma democraticamente concepiti quale patrimonio a disposizione di chiunque voglia accedervi.

Il contenuto del libro si articola in tre sezioni fondamentali precedute e seguite rispettivamente da due note introduttive e da una Appendice a cura di Flavia Romano. La prima sezione si intitola «Come nasce un lettore»: e’ dedicata alle politiche di promozione della lettura, del libro e della filiera editoriale portate avanti dal Cepell, il Centro per il libro e la lettura di cui Montroni e’ stato presidente dal 2014 e di cui attualmente presiede il comitato scientifico. Vi si espongono le politiche di implementazione e diffusione del libro e della lettura adottate nel tempo, focalizzate innanzitutto sui bambini piu’ piccoli e sui ragazzi, nella consapevolezza che«la lettura e’ troppo spesso vissuta come un obbligo o come qualcosa che serve necessariamente per studiare» (p. 21). Il punto e’ proprio questo, sostiene Montroni, far capire che la lettura e’ innazitutto un piacere, una gioia!

Fra le iniziative proposte segnaliamo «Libriamoci», manifestazione di lettura ad alta voce che ha coinvolto le scuole di ogni ordine e grado, progetto ideato insieme al Ministero dell’Istruzione per favorire l’inserimento dell’attivita’ di lettura nei programmi scolastici e creare cosi’ figure istituzionali di lettori come succede in altri Paesi europei. Se il contesto di riferimento infatti è quello italiano, il confronto con l’intero ambito europeo in termini di tendenze e dati statistici è costante.

Un altro degli obiettivi istituzionali del Cepell è la promozione all’estero degli autori nazionali, perciò bandisce premi di traduzione letteraria e sostiene altri strumenti di consultazione online, per favorire i contatti fra i traduttori e le case editrici.

L’implicazione terapeutica che il titolo del libro sembra suggerire non viene disattesa dunque ma confermata dal momento che, individuato un problema, inteso qui come i bassi indici di diffusione della lettura in Italia, vengono portate avanti diverse possibili soluzioni. Il coinvolgimento delle Istituzioni educative e pedagogiche ufficiali del resto, è reso necessario dall’inquadramento del problema intermini di calamità sociale, nella consapevolezza che, sostiene Montroni, «...L’analfabetismo di ritorno e la povertà educativa sono lacune che, oltre a ripercuotersi sulla vita del singolo individuo, compromettono lo sviluppo dell’intero Paese» (p. 40).

Montroni non cessa di sostenere l’importanza della «lettura come forza trainante per il progresso civile e come strumento di redenzione sociale» (p. 197) attribuendo così davvero un valore salvifico alla cultura e quindi ai libri mediante cui viene diffusa. Lui stesso ammette di aver voluto che Papa Francesco intervenisse a rilevarne l’importanza per prevenire e risolvere i problemi sociali che affliggono l’umanità (p. 197). Direi quindi che ancora ci muoviamo all’interno della metafora suggerita dal titolo, il libraio inteso come terapeuta di anime.

I capitoli centrali, «I librai del futuro» e «Le librerie del futuro», individuano i punti salienti di un ideale percorso evolutivo per entrambi. Viene ribadita l’importanza della formazione professionale, perché il libraio è un mestiere e la libreria è un’impresa commerciale: «I librai dovrebbero sapere tutto del merchandising, dell’assortimento, dell’esposizione, della verticalità... Dovrebbero essere obbligatoriamente aggiornati e informati, come i medici». (p. 51).

Si consolida la visione del libro come «merce culturale»: è necessario pensare al libro come a una merce perché se entra nel mercato deve sottostare alle sue regole, tuttavia –sostiene Montroni– in quanto prodotto dello spirito umano rientra nell’ambito artistico (p. 48). I librai del futuro potranno far fronte alle sfide poste dal diffondersi del mercato digitale solo coniugando professionalità anche istituzionalmente riconosciuta e dimensione umana della qualità del servizio. E per rispondere alla domanda cosa debba intendersi per servizio farò ricorso alla definizione data dallo stesso Montroni nel suo libro del 2006: «E’ l’insieme degli atteggiamenti a valore aggiunto che in se stessi non comportano la fornitura di un bene fisico; servizio è qualunque attività caratterizzata da una miscela di atteggiamenti tangibili e intangibili svolta in libreria a beneficio del cliente, con l’obiettivo di soddisfare una sua esigenza o un suo desiderio».[viii]

Per tenere fede alla metafora del libraio come terapeuta, non si poteva non ricorrere anche alla prescrizione di medicinali qui intesi come «Pillole di incoraggiamento per librai», secondo quanto recita il titolo dell’ultimo capitolo del libro.

Montroni qui non fa che adattare alla dimensione della libreria considerazioni e ragionamenti estrapolati da diverse opere letterarie che lo hanno colpito in vario modo: «le cinque chiavi per il futuro» individuate da Howard Gardner, per esempio, ma vi troviamo anche alcune massime di Gandhi, le regole di autodisciplina formulate da Henry Miller, il decalogo di un ammiraglio dei Navy Seals stilato per i suoi cadetti. E non poteva mancare l’analogia fra una libreria e un campo da calcio!

Una certa ovvietà, la vaghezza di alcuni contenuti o il ricorso frequente a formule fatte buone per tutti gli usi, ritengo costituiscano il principale punto debole del libro.Mi riferisco a ovvietà come la considerazione che «solo chi ama leggere può trasmettere l’amore per la lettura» (p. 32) perchè è impossibile trasmettere una passione che non si possiede; o anche alla considerazione di formule che Montroni ammette di citare immancabilmente: «...la prima è sapere, saper fare e saper essere; la seconda, duttilità+flessibilità+ironia=intelligenza» (p. 90). Cosa pensare infine di affermazioni come quella secondo cui «la libreria non può, non deve essere un posto dove si entra e si compra, bensì un posto in cui si guarda, si tocca, si sfoglia, si pensa, e solo alla fine si sceglie»? (p. 110).

E’ un peccato che l’estrema genericità di alcuni contenuti possa inficiare la qualità delle riflessioni proposte sottraendo loro valore o credibilità, ma è esattamente questa la sensazione che ho avuto ultimando l’analisi del libro, di cui tuttavia raccomando la lettura.

Daniela Pinna
De la 6.ª promozione de la Escola de Llibreria

Sfoglia le prime pagine.

 

 


[i]«El término apareció por primera vez en 1916, en un artículo del Atlantic monthly, [...] Pero la importancia de los libros y el papel de las bibliotecas se reconocieron ya en la Antigüedad y han continuado siéndolo a lo largo de los siglos ("Lugar de cura para el alma" estaba grabado en la fachada de una biblioteca en Tebas, Egipto...».

[ii]«La recaída en el analfabetismo y la pobreza educativa son lagunas que, además de afectar a la vida del individuo, comprometen el desarrollo de todo el País».

[iii] «La lectura como motor del progreso civil y como instrumento de redención social».

[iv] «Los libreros deberían saberlo todo sobre merchandising, surtido, exposición, verticalidad... Deberían estar obligatoriamente al día e informados, como los médicos».

[v] «Es el conjunto de actitudes de valor añadido que en sí mismas no implican la provisión de un bien físico; el servicio es cualquier actividad caracterizada por una mezcla de actitudes tangibles e intangibles llevada a cabo en la librería en beneficio del cliente, con el objetivo de satisfacer una necesidad o deseo de éste». R. Montroni, Vendere l’anima: il mestiere del libraio (Roma; Bari: Laterza, 2006), p. 86.

[vi] «la primera es saber, saber hacer y saber estar; la segunda, ductilidad+flexibilidad+ironía=inteligencia».

[vii] «la librería no puede, no debe ser un lugar donde se entra y se compra, sino un lugar donde se mira, se toca, se hojea, se piensa, y sólo al final se elige».

[viii] R. Montroni, Vendere l’anima: il mestiere del libraio (Roma; Bari: Laterza, 2006), p. 86.

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