«De qué hablo cuando hablo de escribir»

Murakami, Haruki. De qué hablo cuando hablo de escribir. Trad., Fernando Cordobés, Yoko Ojeara. Barcelona: Tusquets, 2017. 296 p. (Andanzas; 903). ISBN 978-84-9066-399-8. 19,90 € en paper, 9,49 € llibre electrònic. Edición en catalán: Barcelona: Empúries, 2017.

Lo que me gustaría que comprendieran todos los lectores interesados en este libro es que, en esencia, me considero una persona normal. (p. 294).

Haruki Murakami (Tokio, 1949), probablemente el novelista japonés más leído y premiado actualmente en todo el mundo, ofrece en De qué hablo cuando hablo de escribir datos abundantes sobre él, datos que permiten leer su obra con una perspectiva nueva y diferente a la que se tendría si no se conociera su visión de sí mismo y de su proceso creativo. El conocimiento de cualquier autor ayuda, sin duda, a entender mejor su obra y a interpretarla desde una perspectiva diferente a la que la sola lectura de la obra posibilita; la aproximación a cualquier obra de creación sin conocer a su autor permite un juicio objetivo y no mediatizado por opiniones sobre algo que no es estrictamente la obra, pero el conocimiento del autor enriquece la opinión.

Murakami habla en esta obra de sí mismo como autor y también de otros aspectos del mundo del libro, no solo sobre la escritura, tanto en Japón como en otros países. Su redacción finalizó en junio de 2015 y fue iniciada años antes, cuando comenzó a escribirla de manera fragmentaria respondiendo a un impulso. Unificó esta fragmentación imaginando que lo escrito estaba pensado para ser expuesto en una sala ante no más de cincuenta personas. No sabe si su experiencia puede servir de guía, pues él se considera individualista, y no cree que otros escritores puedan adoptar su forma de escribir. Insiste en que es una persona con algo de talento para escribir y con carácter firme y en que ambas características le han permitido escribir a lo largo de más de treinta y cinco años, cosa que aún le sorprende. La redacción le llevó a pensar sistemáticamente y a observarse para luego expresar lo que había en su cabeza que no era mucho más de lo que había en las de otros. Veamos algo de lo que Murakami dice, siguiendo por orden sus once capítulos.

1. De vocación novelista. ¿Son los escritores seres generosos?
El primer capítulo, que plantea una pregunta moral relativa a la posible generosidad de los autores, lleva a Murakami a formular otra cuya respuesta queda en el aire: ¿influye la generosidad en la escritura de novelas? Los escritores de ficción son generosos y tolerantes con aquellos que, sin ser escritores, escriben obras de ficción, pero no lo son con los de no ficción y ello porque la mayoría de los japoneses pueden escribir una novela o relato si disponen de papel y bolígrafo y tienen alguna imaginación. Él mismo publicó Escucha la canción del viento (Tusquets, 2016) tras haber estudiado Artes escénicas, carrera que no proporciona una preparación específica para la escritura. Sin saber cómo, pero con cierta facilidad, se convirtió en escritor profesional; quizá porque la novela, una forma de expresión muy amplia, vigorosa y simple, ofrece muchas posibilidades. Si de boxeo se tratara, todo el mundo podría subir al ring, pero no todos podrían mantenerse en él. Y si no es fácil permanecer en el ring tampoco lo es escribir buenas novelas durante mucho tiempo y vivir de ellas. Es casi imposible para una persona normal, pues se necesita talento, brío y fortuna y una determinada predisposición con la que se nace pero que no se puede visualizar o verbalizar, aunque sí aprovechar y ejercitar.

El éxito de un autor novel no supone el fin de un autor consagrado, como ocurre cuando un joven deportista bate el récord que tenía otro de más edad. Murakami continúa en el ring desde hace mucho tiempo, mucho más que cualquier otro escritor. Para escribir una novela se necesitan cualidades como cierta inteligencia, constancia, conocimientos y un determinado nivel cultural; con ellas se puede modelar un mensaje claro que se halla en la mente y que es mucho más fácil verbalizar que de escribir. Para saber si se dispone de las cualidades mencionadas hay que escribir y solo algunas de las personas que quieren hacerlo, inician un proceso y lo siguen sin posibilidad de parar y de dedicarse a otra actividad; sin embargo, la mayoría de quienes comienzan se ven superados por el esfuerzo de escribir una novela y acaban dedicándose a otra cosa.

2. Acerca de cuándo me convertí en escritor
Haruki Murakami fue un chico corriente, criado entre algodones en un lugar entre Osaka y Kobe, que leía constantemente y estudiaba poco, aunque sus notas eran buenas. A finales de 1970 se instaló en Tokio y se matriculó en la Universidad Waseda; tuvo pocas clases a causa de las huelgas estudiantiles y los cierres patronales y llevó una vida disparatada. Apoyó al principio y de manera limitada a los movimientos estudiantiles, pero le desilusionaron profundamente a causa de su gran violencia. Por el contrario, su trabajo en el barrio de Shinjuku agudizó su inteligencia práctica para vivir en la ciudad. Se casó, acabó sus estudios –tras siete años de estar matriculado en la universidad– y trabajó en su propio bar (abierto entre 1974 y 1981) ubicado primero en Kubunji y luego en Sendagaya; fue un trabajo duro con penalidades económicas, pero él y su mujer lo hicieron sin desmayo ni queja consiguiendo que su situación económica mejorara de forma lenta y progresiva. Contaron con las ventajas de disponer de un negocio propio y de no tener que trasladarse diariamente al trabajo en un tren abarrotado.

En abril de 1978, a la puerta de la treintena, cuando presenciaba una jugada brillante en un partido de béisbol, pensó: «Quizá yo también pueda escribir una novela»; aunque era un pensamiento inexplicable le cambió la vida, pues pasó de ser un lector empedernido y de escuchar toda la música que su trabajo le permitía a escribir de manera regular. Aquella misma noche empezó a escribir en la cocina, con una pluma en un cuaderno Escucha la canción del viento y siguió haciéndolo todas las noches, después de cerrar el bar y hasta casi el amanecer. Escribió durante seis meses enfrentándose a la falta de tiempo y a la falta de conocimiento específico para escribir; el resultado fue decepcionante, pues la novela, al llegar a la última página, no dejaba ningún poso en el corazón. Abandonó el manuscrito e inició una nueva historia con una Olivetti y en inglés. A pesar de no dominar este idioma, consiguió escribir con estilo y ritmo propios y se hizo entender sin problemas; usando nuevamente la pluma y el cuaderno, tradujo al japonés lo escrito y al hacerlo brotó un nuevo estilo; en las versiones escritas a mano y a máquina la trama era la misma pero no así la forma. Se dio cuenta que había conseguido un estilo propio en japonés, un estilo en que él se movía con facilidad, pero con el que muchos no estarían de acuerdo.

La revista literaria Gunzo, de la editorial Kodanska, le comunicó que su novela estaba entre las cinco finalistas del premio al mejor escritor novel; durante un paseo con su esposa tuvo la intuición de que Escucha la canción del viento ganaría y de que él se convertiría en escritor. Ambas intuiciones se materializaron con creces pues Murakami ha escrito desde entonces; para él, escribir es felicidad (una sensación divertida y agradable) y tiene el convencimiento de que si escribe es porque le ha sido otorgado algún tipo de fuerza que supo atrapar y cuidar.

3. Sobre los premios literarios
Murakami considera al premio Ryünosuke Akutagawa como el crisol de todos los premios y optó a él en dos ocasiones sin éxito, hace más de treinta años, con Escucha la canción del viento y Pinball. No obtenerlo no le afectó demasiado, pues ese premio hubiera entorpecido sus ocupaciones en su bar. El premio de Gunzo le proporcionó la lógica alegría y dio el pistoletazo de salida a su carrera literaria. Cree que los lectores, no los premios literarios, son lo más importante para un escritor y esto es lo que afirma en todas sus entrevistas, aunque piensa que nadie le cree; también piensa que lo que permanece es el recuerdo de las buenas obras, pero no forzosamente el de sus autores. Los lectores son solo el 5 % de la población, pero son muy fieles, pues quienes adquieren el hábito de leer en la juventud difícilmente lo abandonan; para el 95 % restante, los premios pueden ser una ventana a la literatura.

Haruki Murakami nunca ha sido jurado en un premio literario, pues no se considera capacitado para ello y cree que, a causa de su individualismo, únicamente podría valorar trabajos de otros con su perspectiva individual; además no quiere influir en la vida de personas que empiezan y piensa que valorar objetivamente obras ajenas para rechazarlas o recomendarlas no está entre los límites de su trabajo como escritor. Concluye el capítulo señalando que la mayoría de las veces los premios no guardan relación con el contenido o calidad de la obra y que los premios deben servir para apoyar o estimular la capacidad de escribir, no para compensar el esfuerzo.

4. Sobre la originalidad
Murakami se pregunta qué es la originalidad y aunque parece estar de acuerdo con la respuesta del neurólogo Oliver Sacks, tras poner algunos ejemplos de músicos geniales, concluye que para expresarse con originalidad hay que tener estilo propio, diferente al de los demás, y capacidad para superar el estilo y evolucionar. Luego hay que convertir la originalidad en norma y así ser una referencia para el futuro pues para validar la originalidad se necesita que el tiempo determine si la obra considerada original sigue siéndolo pasados los años; también, para poder comprobar si la originalidad perdura en el tiempo, se necesita más de una obra del mismo autor. Murakami, como cualquier creador, quiere ser original, pero quienes perciben la originalidad son los destinatarios de la obra, los lectores, cuando ha pasado el tiempo.

La crítica no ha sido benévola con Haruki Murakami llegando un crítico famoso a compararle con un fraude matrimonial, acusación que él atribuyó a la incapacidad de quien la realizó; también ha contado con críticas favorables, aunque no entusiastas. Probablemente las opiniones negativas se deban a que en Japón se rechaza a quienes hacen algo diferente a los demás, ya que la armonía –o quizá la homogeneidad– es un valor supremo. En la postguerra, la crítica calificaba las obras literarias según su posición en determinadas coordenadas –si eran vanguardistas o no; si eran de derechas o de izquierdas; si eran literatura culta o popular– y las grandes revistas literarias establecieron su propio canon y crearon premios para las que las cumplían.

5. Ahora bien, ¿qué escribo?
¿Qué hábitos o qué entrenamientos se precisan para ser escritor? A esta pregunta recurrente, Murakami no puede responder, pues no entiende el proceso por el que se convirtió en escritor. Lo hizo, mientras se dedicaba a otros menesteres, empujado por las circunstancias y la fortuna. Reflexionando sobre el tema, cree que para dedicarse a escribir hay que observar siempre todo lo que está ante los ojos, pero sin valorarlo ni sacar conclusiones; solo hay que guardar en la memoria los detalles concretos, interesantes y sorprendentes que se han seleccionado. Guardados en la memoria, los materiales derivados de los recuerdos y la información se pueden recuperar y utilizar cuando se escribe, pero teniendo cuidado de usar cada material en un solo escrito. Sin estos materiales no se puede crear y aunque no sean de calidad, al usarse han de producir magia.

Cuando Murakami empezó su primera novela no tenía materiales almacenados, pues carecía de los recuerdos de guerra que tenían sus padres y su infancia había sido relativamente feliz y sin sobresaltos. Tampoco sabía de qué escribir y lo hizo con lo que tenía a mano, creando un estilo nuevo y construyendo frases como si tocara un instrumento; treinta años después sigue haciendo lo mismo y considera que no tener un tema da libertad para escribir lo que plazca mientras que disponer de temas importantes y experiencias vitales graves puede ser un obstáculo para abordar temas y experiencias ajenas. Los autores capaces de crear sin necesidad de materiales propios tienen mayor facilidad para escribir pues les basta con acudir a su imaginación y contemplar lo que ocurre a su alrededor; no tienen que experimentar situaciones duras para escribir sobre ellas como hacen muchos autores, solo tienen que mantener la voluntad de escribir.

Los escritores de una misma generación son similares y solo presentan diferencias en tendencias u orientaciones, pero no en calidad ni en conocimientos. Cualquier generación, para escribir, debe aprovechar el lenguaje que domina, tratar de lo que tiene delante y emplear palabras accesibles. Cada generación tiene su realidad que le ofrece materiales imprescindibles para crear historias; estos materiales están a su alrededor y aunque parezcan insignificantes, son piedras preciosas y gratuitas, aunque en bruto. La primera novela de Haruki Murakami, escrita hace más de treinta y cinco años, recibió severas críticas de la generación anterior a él que le hicieron marcharse al extranjero para poder escribir sin presiones y de la única manera que sabía, pero esperando escribir en el futuro novelas de calidad que tendrían una mejor acogida.

6. Que el tiempo se convierta en un aliado. ¿Cómo afrontar la escritura de una novela larga?
Murakami escribe desde obras de diversos volúmenes hasta novelas cortas y relatos, guiado únicamente por el estado de ánimo en el momento de comenzar una nueva obra; una vez decidido el tipo de relato, se concentra y se dedica a él en cuerpo y alma. Las obras cortas no necesitan preparación previa –solo unos días de redacción– pero una novela larga exige espacio, tiempo y energía; iniciarla le proporciona una satisfacción única y se dedica a ella siguiendo siempre un mismo proceso que comienza por ordenar la mesa. A continuación escribe diariamente diez páginas, con calma, durante cuatro o cinco horas seguidas durante los días que precise; descansa durante una semana tras acabar la primera versión; reescribe durante dos o tres meses; descansa de nuevo; corrige; descansa de nuevo; reescribe las partes que lo precisan; solicita la opinión a su esposa y a otras personas; reescribe; corrige por el corrector de la editorial. El corrector profesional no parece que goce de la simpatía de Murakami pero disciplinadamente reescribe tantas veces como sea necesario y reconoce que sus opiniones previas a la edición mejoran la calidad de la obra. Reescribe después de entregar el texto, cuando corrige las pruebas mejorando el texto se divierte y corregiría hasta el infinito. Siguiendo este método, Murakami ha escrito siempre lo que quería, cuando quería y como quería y no se ha arrepentido de ello ni se ha dejado vencer por las críticas; considera que ha hecho cuanto debía.

7. Una infinita vida física e individual
Escribir novelas, según Murakami, es un trabajo solitario que se hace en una habitación cerrada y que consiste en transformar algo informe y subjetivo en algo definido y objetivo. Para escribir sus primeras novelas –Escucha la canción del viento y Pinball 1973– no dispuso de una habitación propia y las redactó sobre la mesa de la cocina a partir de medianoche, cuando su esposa ya dormía. Tokio blues (Tusquets, 2013) la escribió en un cuaderno barato sin la disposición japonesa de los renglones, en cafeterías, aeropuertos y parques; señala que cualquier lugar donde se escribe se convierte en una habitación cerrada.

Haruki Murakami no escribe novelas por encargo, pero comprende que otros escritores lo hagan y que necesiten la presión del tiempo para escribir; tarda entre uno y tres años en escribir una novela larga y los pasa solo, en su escritorio, trabajando al ritmo constante que se impone y que aguanta gracias a la fuerza física que adquiere y con la que logra que el cuerpo se convierta en aliado de la mente. Cree que cuando la fuerza física decae también lo hace la capacidad de pensar, pues las neuronas mueren si no hay ejercicio físico e intelectual; por el contrario, la combinación de ambos favorece el trabajo creativo. Cuando se convirtió en escritor profesional comenzó a hacer ejercicio; así, cuando escribía La caza del carnero salvaje (Tusquets, 2016) comenzó a correr, y lo sigue haciendo con el frío del invierno o los calores del verano. Es una forma de vivir plenamente y de cuidar el cuerpo, que es la estructura física que guarda el espíritu; cuerpo y espíritu son dos ruedas que sólo funcionando simultáneamente son eficaces.

8. Sobre la escuela
Murakami lamenta no haber sido un alumno destacado en ninguna de las fases de aprendizaje y que no le gustara estudiar. Los estudios le aburrían y más cuando tenía ante sí otras actividades mucho más divertidas, como jugar al béisbol, o al mahjong o salir con chicas. Su falta de competitividad contribuyó al desinterés por la escuela, pero su disciplina hizo que no faltara a clase. Leer era lo más importante en su etapa de colegial y el contenido de multitud de libros le parecía mucho más profundo y emocionante que el de los de texto. A mitad del instituto empezó por curiosidad a leer novelas en inglés y aunque no siempre las entendía acabó por leer sin dificultades, pero ello no mejoró sus calificaciones de este idioma. Consideraba y considera que para aprender un idioma hay que marcharse fuera y que el sistema educativo japonés del pasado y el actual están pensados para inculcar conocimientos al alumno y enseñarle a superar los exámenes, no para potenciar la capacidad individual; este sistema educativo fue adecuado en la postguerra durante la reconstrucción del país, pero dejó de serlo a partir de la década de 1990. A pesar de los consejos de sus padres en contra, Murakami cree que debería haberse tomado más libertades en la escuela pues en ella sólo malgastó el tiempo memorizando cosas tan absurdas como aburridas. Incluso las clases de educación física le resultaban aburridas, lo que hizo que no le interesara el deporte.

A finales de los cincuenta, cuando Murakami era un niño, el acoso escolar no era un problema, aunque seguro que había matones. En un Japón pobre y devastado por la guerra, solo se tendía a la reconstrucción y al desarrollo y se consideraba que los problemas y contradicciones desaparecerían; actualmente los conflictos en los centros escolares son un problema social y los matones acosan a alumnos y profesores. En los cincuenta la sociedad tenía una perspectiva y los conflictos entre individuos e instituciones se resolvían al fagocitar la sociedad a los individuos ofreciéndoles márgenes y huecos para refugiarse en caso de problema. Actualmente, con el fin del crecimiento económico, ya no hay vías de escape y se necesitan soluciones para problemas graves y nuevos; el sistema educativo, en concreto, necesita un lugar acogedor donde poder acompañar a los individuos necesitados de recuperación.

Murakami leyó a partir de los 10 años y, a pesar de sus notas mejorables, sus padres –profesores de lenguas– nunca le reprocharon que leyera demasiado durante su etapa de formación; cuando ésta acabó, solo quería no volver a aburrirse. Su actual deseo para el sistema educativo es que no aplaste la imaginación de los niños, que les deje espacio suficiente para sus personalidades, que las escuelas sean lugares libres y enriquecedores y que la sociedad se transforme en la misma dirección. No es optimista en este sentido y cree que el cambio no llegará solamente por el hecho de pensarlo.

9. ¿Qué personajes crear?
Los personajes de Haruki Murakami raramente surgen de personas reales, aunque algunas de éstas crean haberse visto reflejadas en las novelas; surgen de manera automática a partir de fragmentos combinados de la información archivada en su cerebro. Para crear un personaje hay que conocer a muchas personas diferentes sin dejarse llevar por los prejuicios, pues para que una novela avance debe contar con muchos personajes diferentes. Crear personajes y estar tras de ellos o incluso ser ellos es una de las cosas que divierten más a Murakami. Escribió en primera persona hasta que en Kafka en la orilla (Tusquets, 2014) adoptó la tercera; sus personajes no tenían nombre, pero para evitar la confusión que esto generaba, a partir de Tokio blues, los bautiza. Ambos hechos –escribir en tercera persona y nombrar a los personajes– le permite describir relaciones complejas y transformarse a su antojo. Los personajes deben ser interesantes, atractivos y autónomos y actuar por cuenta propia, pues las novelas en que los personajes son planos, con discursos sencillos y actuaciones previsibles no despiertan interés en los lectores. Los personajes pueden alejarse del autor y actuar por su cuenta haciendo que la novela avance e, incluso, pueden dar la mano a su creador y llevar la acción a escenarios no previstos por él; tal cosa hace Sara en Los años de peregrinación del chico sin color (Tusquets, 2014). La creación y evolución de sus personajes parecen incluso situaciones autónomas que hacen que Murakami se pregunte, cuando inicia una novela, a quién va a conocer en ella.

10. ¿Para quién escribo?
Haruki Murakami nunca ha tenido conciencia de escribir para alguien. Cuando escribió Escucha la canción del viento lo hizo para él, para sentirse bien, sin preguntarse por sus posibles lectores. El éxito de la novela y el premio que comportó le hicieron adquirir conciencia de ellos aunque su premisa fundamental al escribir es que le resulte divertido y cree que sus lectores –o algunos de ellos– disfrutarán con él. Tras su primera novela escribió de manera despreocupada, optimista y natural, pero como seguía trabajando en su bar, sólo lo hacía cuando encontraba tiempo. Un famoso crítico japonés esperaba que nadie considerara como literatura la primera novela de Murakami y a éste, aunque aceptó dócilmente esta opinión, le resultaba imposible entenderse con él. La pregunta ¿qué hay de malo en sentirse bien escribiendo? se convirtió en su leitmotiv hasta que inició La caza del carnero salvaje, en 1982; entonces comenzó a cambiar pues sus lectores y él mismo se cansaban de su estilo, se aburrían de leer siempre lo mismo. En adelante decide escribir algo que le haga sentirse bien, que desprenda la energía suficiente para expresar sus ideas, que derive de su conciencia y que le lleve a conseguir una novela más profunda; para ello vendió su negocio –que por entonces era próspero y constituía su modo de vida–, se marchó de Tokio y se convirtió en un escritor metódico a tiempo completo. La gente más próxima intentó disuadirle, pero decidió dedicar todas sus fuerzas a escribir una novela y reorganizar su modo de vida; así en la treintena cambió sus horarios de sueño y empezó a correr diariamente. También entonces empezó a pensar en sus lectores y decidió que, como él, eran jóvenes.

A pesar de las críticas poco favorables, La caza del carnero salvaje se vendió bien y fue un punto de inflexión en su carrera de autor de novelas largas. Tras muchos años y ya en la mitad de los sesenta, piensa que el rango de edad de sus lectores se ha ampliado, pero sigue sin saber con certeza quiénes son. El desconocimiento de sus lectores le hace escribir para disfrutar, volviendo así a su punto de partida. Con el tiempo ha aceptado que sus obras siempre se criticarán y que para seguir adelante lo importante es escribir lo que quiera y como quiera sin que ello implique obviar a sus lectores; desea que sus novelas les gusten y tiene el convencimiento de que están conectados a través de las estructuras narrativas que comparten.

Los lectores reales que rodean a Murakami le resultan molestos, pues capta sus opiniones implícitas y no siempre consigue que disfruten por mucho que se esfuerce. Por ellos vuelve a llegar a la conclusión de que la única estrategia es que él disfrute escribiendo y le parece una estrategia sabia; se alegra de que sus novelas gusten a más de una generación y que bajo un mismo techo puedan leerlas tres generaciones. Tiene poca relación con sus lectores y, en Japón, no aparece en los medios de comunicación por voluntad propia, ni firma libros, pues considera que debe dedicar su tiempo a escribir; en el extranjero, una vez al año, da conferencias, participa en lecturas públicas y firma libros. Abrió una página web en dos ocasiones y contestó personalmente al 10 % de los mensajes, aunque nadie creyó que realmente fuera él; responder fue duro e instructivo y le llevó a entender a sus lectores, pero el esfuerzo fue tan grande que no desea volver a repetir.

En las librerías japonesas se separan las obras escritas por hombres de las de mujeres y cree que se hace porque las mujeres suelen leer a las mujeres, y los hombres, a los hombres. Sus lectores son mujeres y hombres en igual proporción y eso le parece natural y saludable y se alegra de tener lectoras a las que les gustan las obras de un hombre de más de sesenta años. Cree que las novelas acercan a los hombres y las mujeres, a los viejos y a los jóvenes.

Los lectores han sido benévolos con Murakami pero no así la crítica japonesa, llegando incluso a tener detractores en las editoriales en las que ha publicado; nunca ha desfallecido gracias a sus lectores y porque a lo largo de treinta y cinco años, cada vez que ha editado un libro nuevo ha crecido el número de ellos. Le parece que existe un sistema que le conecta con sus lectores y ello hace que los mediadores (medios de comunicación e industria editorial) entre él y sus lectores resulten prescindibles; parece que existe una relación de confianza entre ellos, una relación que da la sensación de que los lectores tratan con el autor de forma directa. Agradece especialmente las cartas sinceras en las que sus lectores muestran su desacuerdo con el último libro pues esta confianza le anima a esforzarse en su próxima obra.

11. Salir al extranjero. Nuevas fronteras
Tras la edición en rústica de La caza del carnero salvaje en Estados Unidos por la editorial Kodansha International, Murakami, a los 40 años, se instaló en Nueva Jersey. En la editorial, el sistema de trabajo era relajado y los trabajadores, todos nativos de Nueva York, eran competentes y divertidos y todavía conserva la amistad con algunos de ellos. La novela recibió buenas críticas, pero no fue un éxito de ventas, y lo mismo ocurrió con El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (Tusquets, 2011) y con Baila, baila, baila (Tusquets, 2012); probablemente se debió al desconocimiento del Japón al que se consideraba un país enigmático y muy rico y cuya literatura solo era valorada por intelectuales de los entornos urbanos de Estados Unidos.

Haruki Murakami publicó, a partir de 1990, veintisiete relatos en The New Yorker que le ayudaron a darse a conocer en América. Como los autores americanos, dispuso de un agente literario para que le abriese las puertas de las editoriales importantes; su primera agencia fue International Creative Management y gracias a tres de sus profesionales –Amanda Urban, Sonny Mehta y Gary Fisketjon– las cosas le fueron bien y despertó interés, principalmente por tres razones: el traductor al japonés era el de Raymond Carver, el éxito de ventas de Tokio blues, y el hecho de comenzar a publicar en los Estados Unidos, especialmente en The New Yorker. La relación con los tres fue crucial y también el hecho de que Murakami decidiera actuar como cualquier autor norteamericano interviniendo activamente en todo el proceso de edición de sus obras: buscó traductores, revisó traducciones y, con ellas bajo el brazo, visitó a su agente para que las presentara a editoriales. La estancia en los Estados Unidos se debió a una serie de hechos negativos ocurridos en su país: el ambiente totalmente dominado por la economía y los ataques que experimentó tanto su obra (a la que se calificó de refritos de literatura extranjera) como su vida privada. Durante la estancia de Murakami en la Costa Este se comportó como lo hizo en sus inicios en Japón, haciendo todo cuanto podía por sus obras, movido más por la pasión que por la ambición económica.

En los Estados Unidos, las ventas aumentaron paulatinamente y, a partir de la publicación de Kafka en la orilla, sus novelas empezaron a aparecer en la lista de best sellers de The New York Times, llegando en 2014 Los años de peregrinación del chico sin color (Círculo de Lectores, 2013) al número 1; las dos obras mencionadas se vendieron más en Europa que en Estados Unidos, empezando por Rusia y Europa oriental cuando el comunismo se desplomaba. Murakami opina que su obra empieza a leerse en un determinado país cuando se produce un cambio o conmoción social y los hechos parecen darle la razón tanto en Asia como en Europa y Estados Unidos. Y si las reacciones del público en general son diferentes en los distintos países, ello se puede deber a que los cambios sociales también se manifiestan de forma diferente.

Murakami reconoce que su introducción en los mercados occidentales debe mucho a los excelentes traductores de sus obras, como Alfred Birnbaum y Jay Rubin (que traducen respectivamente con libertad y fidelidad), Philip Gabriel y Ted Goossen. Su reconocimiento es sentido pues al ser también traductor, conoce y entiende la dificultad de este trabajo; además sabe que el autor y su traductor deben tener empatía mutua e implicarse en el proceso para evitar que la traducción sea solo una obligación remunerada. Murakami podría haberse quedado en el Japón, pero vivió fuera y viaja con frecuencia; en el extranjero no escatima esfuerzos por su obra y quizá también por un sentido del deber respecto a su identidad y a su condición de escritor japonés; así, aunque no le agrada, acepta invitaciones para aparecer en público, cosa que en Japón es excepcional. Ha planificado su trayectoria pasada y futura: primero afianzó su posición en Japón y luego en el extranjero y su pretensión confesada para el futuro es buscar en las profundidades de sí mismo, que es lo que considera la lejanía.

Leer con atención la obra comentada despierta curiosidad por el autor y por su obra, curiosidad que empuja a desear saber más de él y a querer leer sus obras. Un autor que escribe para sí mismo, que hace muy pocas concesiones a los medios de comunicación y a las editoriales que lo publican, es un autor raro –en el sentido de infrecuente– y diferente. Y ¿hay algo más atractivo que la diferencia? Y si el autor parece diferente, su obra, también. La obra de Haruki Murakami es original, audaz y, en ocasiones, extraña y desconcertante. Y lo que desconcierta, en parte, es la total libertad con la que está escrita pues en el proceso de creación, el autor ha considerado aquello que quiere, cuando quiere y como lo quiere sin dejarse influir por la crítica. Un autor osado y una persona que, aunque se califica de normal, es excepcional. Y una obra o, al menos, algunos títulos de ella que hay que leer, por la obra misma y por lo que permite intuir sobre Japón y su gente. A modo de conclusión puedo afirmar que, por ejemplo, Kafka en la orilla, la primera novela que leí de Murakami, me permitió entender algo de los bosques japoneses y la popularidad de las deliciosas anguilas…

María Elvira y Silleras
mariaelvira@ub.edu
Professora jubilada de la Facultat de Biblioteconomia i Documentació (UB)

Podeu fer-hi un tast de les primeres pàgines de l'obra.

 

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