La pieza esencial de la lectura

Rojo, José Andrés. Las diabluras del lápiz: elogio de la lectura. Valencia: Pre-Textos, 2019. 36 p. (Ensayo). ISBN 978-84-18178-00-9. 10 €.

«El lápiz es un bastón en el que te apoyas, un remo con el que impulsarte con más fuerza, una flecha que lanzas y de la que te amarras para sobrevolar el mundo», escribe José Andrés Rojo, redactor jefe de Opinión en El País en su Diabluras del lápiz: elogio de la lectura (Pre-Textos, 2019). El lápiz como herramienta de cortejo con la lectura en curso, como delator de pensamientos afines o facilitador de juicios, cada lector tiene sus propios códigos para saber lo que significa subrayar de cierta forma, un signo de interrogación, una estrella, la admiración, no es lo mismo para unos y otros.

Quien subraya sus lecturas comenzó sintiéndose culpable hasta que entendió que hacerlo también formaba parte de su experiencia, para muchos es difícil concebir entrar en un libro sin un lápiz en la mano. Así también lo confiesa el autor de esta celebración de la lectura. Escribe Rojo que, antes, él solo subrayaba libros de ensayo o de estudio, hasta que pasó también a las lecturas de placer. Cuenta que al principio escondía los lápices y evitar la vergüenza de sentirse descubierto lo impulsaba a lanzar la espada, el lápiz, al suelo, o a esconderlo en un bolsillo de su camisa. Ahora en cambio los exhibe, «soldados de mil batallas, compañeros del alma», como los llama y les agradece el deber cumplido.

José Andrés Rojo (La Paz, Bolivia, 1958) nos cuenta en su ensayo la relación que tiene la lectura con el lápiz. Dice que el primer capítulo de La pasión intacta de George Steiner (Siruela, 2012) le quitó cualquier complejo sobre subrayar o no un libro, allí un hombre, un filósofo, lee y el mundo se detiene. Rojo cuenta que el filósofo tiene un cálamo en la mano, para copiar, para dialogar, para memorizar, entonces él mismo toma notas en uno de los márgenes de su libro, y quien tiene este ensayo en las manos toma sus propias notas en un ejercicio de espejos que es también esta lectura.

¿Quién al volver a un libro leído no siente curiosidad por saber lo que ha subrayado en el pasado?, ¿lo que le ha escrito a un yo futuro? Es una forma de conocerse o reconocerse. ¿Hubiera ahora marcado de nuevo esta idea? ¿por qué lo hice en el pasado? Hay palabras escritas en los márgenes que son parte de nuestra biografía, unirlas nos cuenta lo que somos o hemos querido ser. ¿Quién no se ha sentido expuesto al prestar un libro con frases delatoras o notas al margen con carácter de confesión? Leer y no poseer no es placentero para algunos. Leer sin subrayar, sin intervenir, sin preguntar o intentar responder es olvidar.

«Todo lector lleva consigo un lápiz imaginario», escribe Rojo, dejando espacio para la intervención mental de quien no quiere usar el lápiz, pero que sí está dispuesto a dialogar con el texto que lee. Por otra parte, habla del húngaro André Kertész y sus famosas fotografías de lectores realizadas entre 1915 y 1970 en las que podemos ver cómo otros leen:[1] «He imaginado que sus ojos subrayaban un pasaje, que su mirada apuntaba en el margen una idea». También afirma que la lectura es un ejercicio físico en donde caminamos, escalamos o corremos entre las páginas y vamos con ellos a los mismos lugares. Rojo recibe en su casa al rey Lear de Shakespeare, va con W.G. Sebald a la estación de Amberes en Austerlitz, pasea con Stevens, el mayordomo de Kazuo Ishiguro y sigue en su biblioteca gastando lápices, sacando punta, dialogando con Borges y Cervantes hasta que debe regresar al mundo, igual que nosotros al nuestro al terminar de leerlo.

Isabel-Cristina Arenas
De la 6.ª promoción de la Escola de Llibreria


[1] La reseña de Leer, de André Kertész, puede leerse en este blog. (N. de la R.)

 

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