«La segunda mano o el trabajo de la cita», de Antoine Compagnon

Compagnon, Antoine. La segunda mano o el trabajo de la cita. Trad., Manuel Arranz. Barcelona: Acantilado, 2020. 512 p. (El Acantilado; 410). ISBN 978-84-17902-41-4. 29 €.

Decía Umberto Eco (2021) que «la historia de muchas doctas colaciones suele ser una mera historia de citas intertextuales en cadena». La cita constituye una práctica que hunde sus raíces en los comienzos de la comunicación, tanto oral como escrita, por la necesidad que siempre se ha experimentado de fundamentar las aseveraciones en algún tipo de fuente, real o ficticia, prosaica o académica, laica o teológica. Representa siempre una forma de reconocimiento, normalmente positivo, a los antecedentes que operan en cualquier tipo de aseveración, que recurre a referentes simbólicos o reales para otorgar autoridad a las afirmaciones que se deslizan en el discurso.

El mundo de la cita atraviesa la historia de la cultura escrita y, en cierto modo, sirve para fundamentarla, pues sus ligazones entrelazan sin solución de continuidad los cientos de miles de textos que se han desarrollado en todos los ámbitos del saber a lo largo de la historia. Practicada con fruición desde la antigüedad clásica, donde constituía uno de los recursos retóricos frecuentados por los distintos oradores, se refuerza en tradición medieval, y alcanza vuelos nuevos a partir del nacimiento de la imprenta cuando, con motivo del surgimiento de la ciencia moderna y de las primeras publicaciones científicas, se erige como el cañamazo imprescindible para sustentar cualquier investigación. A partir de entonces se va modelando un nuevo género que forma parte indisoluble de la metodología científica, y que ha dado lugar a una vertiente de estudios de carácter sociológico sobre la naturaleza de éstas. Pero también a gran parte de los estudios bibliométricos y a las fuentes que les sirven de fundamento, arbitrando indicadores, como el FI (factor de impacto), el SJR (scientific journal & country rank), el índice H, que intentan medir la incidencia de éstas y su valor como referentes de la visibilidad de los trabajos de investigación.

Curiosamente, a pesar de la importancia que las citas revisten para la cultura del libro, no habían sido objeto de un estudio pormenorizado a través de alguna monografía. Sólo han recibido atención, muy profusa, desde el ámbito de la Cienciometría, donde se pueden contar por miles los artículos dedicados a la medición del impacto de revistas, autores e instituciones gracias al uso de las citas.

De cualquier modo, el libro que reseñamos, La segunda mano o el trabajo de la cita, constituye una rara avis en este panorama pues, aunque se trata de una monografía de más de 500 páginas dedicada al tema que nos ocupa, no es más que un islote, un testimonio único que refuerza el argumento anterior. Aunque publicada en España en septiembre de 2020, gracias a la encomiable labor de la editorial Acantilado por recuperar textos fundamentales en el ámbito de las Humanidades, el original data de 1978, cuando la editorial Seuil publica en Francia el trabajo de un joven profesor, Antoine Compagnon, que había dedicado sus investigaciones doctorales al análisis de este fenómeno.[1] No es casual traer a colación la fecha de publicación, pues explica algunas de las carencias y las perplejidades que, con ese título, despierta el libro. Independientemente de que se trate de uno de los trabajos más brillantes que se pueden encontrar sobre el sistema de reconocimientos, menciones y argumentos de autoridad que entreveran un gran contingente de las obras publicadas en el mundo, los cambios experimentados por la industria editorial en general y la publicación de libros en particular, sobre todo desde los comienzos del siglo XXI, obligaban a introducir consideraciones específicas centradas en la manera en que la edición digital ha incorporado nuevas formas y modalidades de cita, gracias al concurso de las redes sociales y de las funcionalidades asociadas a los programas de lectura en diferentes tipos de dispositivos. Sin embargo, el autor ha optado por dejar el texto tal y como se publicó originalmente, con el único añadido de un postfacio, elaborado para la reedición que en 2016 realizó la editorial Seuil y traducido también en esta versión castellana. Se trata de una coda que no añade nada al texto principal, pues se trata de una breve glosa de éste, explicando sus partes principales.

Antes de pasar a comentar la obra, es preciso aclarar que se trata de un ensayo denso, de teoría literaria, sustentado en un discurso un tanto barroco, a pesar de las bondades de la excelente traducción de Manuel Arranz, afectado de cierto diletantismo erudito, con excursos estructuralistas poco esclarecedores para el lector profano. A pesar de ello, su lectura merece la pena, pues la sabiduría y originalidad de las reflexiones que se destilan en sus páginas alumbran uno de los lugares más oscuros y menos tratados de, parafraseando a Pascale Casanova, la república mundial de las letras, con aciertos e intuiciones que son de plena actualidad. Hay lectores que, no obstante, discrepan de la necesidad de este esfuerzo, como el responsable de este comentario que no me he podido resistir a copiar, aparecido en el sitio de Amazon:

«Questo libro non esiste! Non leggetelo! Non compratelo! Non fornisce alcuna pratica, non ha una teoria ma le incorpora tutte, non ha un'idea ma rappresenta un mondo di possibilità contraddittorie. Spoiler alert: Qualunque domanda si ponga l'autore, la risposta sarà sempre: la citazione. Sin da pagina 20 il testo diventa ridondante, ripetitivo, inutilmente aulico e snervante, ricco nella forma ma dai contenuti spogli, risultato di un ancor più inutile vaneggio. La riflessione pedante di Compagnon non porta a nulla di più che una sfilza di tautologie e ovvietà noiose, ripetute e vane nella sostanza […] 500 estenuanti pagine, dal peso di macigni, inesorabili scorrono a velocità 0.000001x, dilaniando la mente con i suoi vuoti interrogativi; un saggio che è un'epopea, una cantilena angosciante, l'agonizzante supplizio di un gallo parcialmente decapitato, che trotti per l'aia stridendo a gran voce il lamento di un pessimo lavoro».[2]

En el postfacio informa de que, inicialmente, el libro se iba a llamar La entreglosa, en alusión a la frase de Montaigne, a quien le dedica un gran espacio en el ensayo,[3] de que no hacemos más que glosarnos unos a otros. Finalmente, por consejo de su editor, que veía demasiado especializado y culto el título, cambió al más llamativo que figura en cubierta, más adecuado a los propósitos de la obra, en la medida en que el término «glosa» se refiere a la explicación o comentario que se añade a un texto.[4] De cualquier modo, esta intención inicial etiqueta perfectamente la filosofía que subyace en toda la obra, en que la cita aparece como la reverberación y condición de continuidad de la tradición literaria, entendida ésta en sentido amplio, a lo largo de la historia. Dice el autor que su libro «no es un discurso sobre la cita, sino un discurso de la cita, su cuadro clínico» (p. 17).

Compagnon plantea un doble objetivo para el desarrollo de la obra: por una parte, pretende estudiar el papel de la cita en el seno del engranaje literario, por otra, el trabajo de la cita, esto es, el significado de extraer un fragmento de un discurso e inscribirlo en otro:

«Cuando cito, extirpo, mutilo, extraigo. Hay un objeto inicial, que tengo delante, un texto que he leído o que estoy leyendo, y el curso de mi lectura se interrumpe con una frase. Vuelvo atrás: releo. La frase releída se convierte en una fórmula, aislada en el texto. La relectura la desliga de lo que precede y de lo que sigue. El fragmento elegido se convierte él mismo en texto: ya no un fragmento de texto, una parte de la frase o del discurso, sino un fragmento escogido […], mi lectura hace explotar el texto». (p. 22-23).

Con este párrafo, el autor delimita el contexto en el que se desarrollará la obra, en el entendimiento de que no existe cita inocente, intervención neutral sobre la página, sino que cualquier forma de fijación de una parte de ésta, la diferencia del resto y adquiere un valor discriminador proyectando el fragmento seleccionado a otro entorno intelectivo. En cierto modo, evoca aquí lo que Chartier señalaba para el texto electrónico, cuando advertía que alteraba el orden del discurso y de las propiedades. La cita representa apropiación, en la medida que confina y señala, pero también resituación de lo escogido, por cuanto lo reinterpreta trasladándolo a otros escenarios textuales.

De ahí que el autor se detenga sobre operaciones como el subrayado, al que califica como el exlibris menos discutible, pues cada lector personaliza los libros a través de este procedimiento. Si toda cita es ante todo una lectura, postula Compagnon, de manera equivalente, toda lectura, como subrayado, es una cita.

Compagnon realiza cuatro formas de acercamiento al discurso de la cita.

  1. Fenomenológico, en el que intenta sustanciar el papel de la cita en las prácticas de lectura y escritura.
  2. Semiológico. En el que analiza la cita como signo y la ubica en el contexto del hecho lingüístico.
  3. Genealógico. Desarrolla el examen de la cita a lo largo de la historia, desde una perspectiva diacrónica.
  4. Teratológico. Analiza las anomalías en uso y práctica de la cita.

Compagnon desarrolla un interesante recorrido histórico por el devenir de esta práctica que adquiere sus rasgos contemporáneos a partir de la Edad Media de la mano de la Teología y, sobre todo, de la exégesis de la Biblia. La cita bíblica se erige en argumento de autoridad y da lugar a todo tipo de obras como las glosas, los breviarios, los libros de sentencias, los libros de comentarios, etc., unidos todos ellos por la nervadura común de la cita bíblica y patrística. El nacimiento de la imprenta representa el fin del monopolio del discurso religioso y simbólico por parte de la Iglesia, y por lo tanto la apertura hacia formas y géneros nuevos, entre ellos los que la autoridad recae sobre la razón y la experimentación en lugar de la especulación y la retórica. El nacimiento de la ciencia le confiere a la cita valores añadidos de consolidación de un discurso basado en la experiencia y en la argumentación empírica. Un discurso que se refuerza con innovaciones formales que introduce la imprenta y facilitan el trabajo de la cita, como es el empleo de las comillas, la introducción de un título para las obras, de un índice, etc.

En esta evolución, Montaigne centra la atención del autor como paradigma del empleo de este recurso tanto en el sentido moderno y funcional como en el del autorreconocimiento a través de éste. Ya se ha advertido que el ensayista sirve de referencia a Compagnon cuando invoca su frase de que no hacemos más que glosarnos los unos a los otros. Montaigne no emplea el término «cita», sino el de «préstamo», del que dice:

«Me sucede a menudo que encuentro por azar en los buenos autores los mismos asuntos que he intentado tratar. ‒Y prosigue: ‒No se fije nadie en los temas de los que trato, sino en la forma en que los trato; véase, en lo que tomo prestado, si he sabido escoger con qué realzar o completar con tino lo añadido, que siempre procede de mí, pues hago que digan los demás, no antes que yo, sino a continuación, lo que no puedo yo decir tan bien, porque no me llega para ello el lenguaje, o porque no me llega el conocimiento. No cuento los préstamos que tomo, los sopeso. Y si hubiera querido alardear de su cantidad, habría puesto el doble». (Montaigne, 2019).

Compagnon articula la cita en el contexto de todo el proceso comunicativo, en lugar de ubicarla en el polo de la producción, la autoría y sus motivaciones. Su idea de que la posición del lector condiciona el carácter de la cita constituye una de las aportaciones más originales del ensayo, en tanto que pondera el valor de las citas en función de las expectativas que previamente se han generado entre los receptores. Estos, sostiene, necesitan encontrar un lugar desde el cual el texto les resulte válido, legible. Arguye:

«[…] un libro que no me ofreciera ningún punto de referencia, que alterara todos mis hábitos de lectura, que no exigiera ninguna competencia especial, sino que resultaría tan absolutamente inaccesible que lo rechazaría […]. El lector se adapta al texto a partir del suficiente número de referencias conocidas para situar el manuscrito en una gran tipología intuitiva de las competencias de lectura: el requisito de lecturas previas necesarias para acometer un libro determinado sería su marca, su lugar en la tipología.» (p. 28).

La única libertad que el texto concede al lector, defiende, es la de la adaptación, para lo cual ha de sentirse reconocido, identificado con aquel. Y el lugar en el que la adaptación se produce con mayor fluidez es el que delimitan las referencias conocidas, compartidas.

Para entender los argumentos del autor es preciso recurrir a sus consideraciones semiológicas, también sociológicas, sobre la relación entre autor citante y texto citado, entre los autores de ambos, y la del texto que se extrae y aquel en que se inserta. Compagnon los considera como sistemas cerrados, que han ido evolucionando a lo largo de la historia dando lugar a diferentes combinaciones que han generado nuevos equilibrios entre los elementos o bien sistemas nuevos. De ahí que hable de regresión cuando se produce una vuelta a fórmulas incompletas de un sistema que intenta recuperarse y, sobre todo, de la perversión que indagaría en los límites de la tolerancia de un sistema, esto es, hasta dónde puede mantener éste su estatus sin perder su integridad.

Así pues, en su estructura convencional, desempeña la función de un principio de regulación de la escritura que pone en relación dos sistemas semióticos, cada uno de ellos completo y autónomo e independientes entre sí. La cita hace intervenir dos discursos o dos textos, T1 y T2. T1, donde el enunciado aparece una primera vez de donde está tomado, T2, donde el mismo enunciado figura una segunda vez, repetido; t, el enunciado mismo, el objeto del intercambio entre T1 y T2; y dos autores, A1 y A2, sujetos de la enunciación de t, en T1 y en T2, respectivamente. De esta manera toda cita pone en relación dos sistemas S1 y S2, cada uno de los cuales está compuesto de dos elementos: un sujeto (A1 o A2), y un texto (T1 o T2). Por lo tanto, se podrían dar cuatro relaciones posibles entre los diferentes elementos de los dos sistemas:

  • T1-T2
  • A1-T2
  • T1-A2
  • A1-A2

El problema radica en que este esquema es demasiado simple e infrecuente, pues implicaría que t es idéntico en T1 y T2, sin que en el proceso de traslación se haya producido modificación alguna, como es habitual al introducir el autor elementos de contextualización y adaptación de la cita que la distancia, en cierto modo, de su posición original. Comenta Compagnon que el sólo hecho de introducir marcas distintivas, como las comillas del enunciado t, pueden afectar tanto al enunciado como a la enunciación.

De modo que, afirma Compagnon, no puede tratarse jamás de una simple relación entre dos textos, T1 y T2, que la cita impone, sino de una relación entre dos sistemas, cada uno compuesto de un texto y de un sujeto, S1, (A1, T1) y S2, (A2, T2), relación (compleja) multipolar de la que la relación T1 -T2 no es más que una modalidad particular.

Cada uno de los dos sistemas S1 y S2 constituye una entidad semiótica original: un sistema semiótico, es decir, un sistema de signos que define él mismo su modo de funcionamiento en relación con la lengua y con lo interdiscursivo, que goza de una relativa autonomía y que organiza su singularidad respecto a esos dos componentes, uno universal y el otro plural, de su realización como lectura o como escritura.

Compagnon recoge también, en su apartado teratológico, las desviaciones inherentes a una práctica que se ha institucionalizado por parte de los autores, y que integra, en cierto modo, gran parte de las filias, fobias y complejos de éstos. De ahí el desarrollo de una serie de comportamientos anómalos como el de la autocita («El enamorado de sí mismo se cita, según la mala costumbre que han adquirido algunas personas que sólo hablan de sí mismas y que llegan a citarse aun cuando nadie cuestiona su opinión»), la pedantería intelectual, practicada por aquellos que hacen ostentación de su falsa ciencia y citan a toda clase de autores a diestra y siniestra, el plagio, el dumping, etc.

El trabajo de Compagnon está enfocado al estudio de la cita literaria, ensayística y filosófica por lo que no tienen cabida en su extensa obra las particularidades de la citación en el contexto científico actual. Su indagación se centra en las condiciones de transmisión entre los sistemas de producción y recepción, algo que comparte con los entornos académicos actuales, pero no en las repercusiones que desde el punto de vista de la visibilidad, la certificación y la acreditación que para personas (carrera académica) e instituciones (rankings de universidades, centros de investigación, etc.) reviste esta práctica. La bibliometría queda fuera de este ensayo, en tanto que se centra en los aspectos cualitativos de las relaciones entre autores y textos y no en los cuantitativos, aunque ambos estén estrechamente interrelacionados.[5] Aunque trata las intervenciones sobre el texto como parte del sistema semiótico que conforma el fenómeno de la cita, no se recogen las prácticas introducidas por las aplicaciones de lectura digitales entre cuyas funcionalidades integran la del subrayado, anotado y etiquetado. Tampoco, lógicamente, por una cuestión cronológica, la reconfiguración de los sistemas de menciones y referencias que se han operado con la creación de las redes sociales especializadas, como ResearchGate, Mendeley, etc.

Sin embargo, estas carencias no empecen la actualidad de un texto cuyos fundamentos describen el núcleo de una práctica imprescindible en cualquier interpretación que quiera hacerse de los procesos de comunicación científica. Máxime cuando en la actualidad se cuestionan los métodos estrictamente cuantitativos y se postula su abandono (Declaración de San Francisco),[6] o de sus indicadores más relevantes, como el factor de impacto, en beneficio de valoraciones que ponderen menos los ejercicios de contabilidad, tan proclives a diversas formas de ingeniería en los diseños curriculares. Sean bienvenidas estas correcciones, que sin duda beneficiarán al conjunto de la comunidad científica, aunque adolezcan de cierto adanismo intelectual, cuando no de desmemoria sobre sus posturas precedentes.

El libro de Compagnon tiene casi 45 años de antigüedad, pero sus postulados podrían ser aprovechables para algunos de los procesos que se pretenden articular en la redefinición de la evaluación científica, pues la cita, aisladamente, carece de valor, y es su contexto el que le confiere consistencia o irrelevancia, como por otra parte ya observaron hace muchos años autores como Michael J. Moravcsik, Loet Leydesdorff, Jeppe Nicolaisen, etc.

Referencias
Eco, Umberto (2021). La memoria vegetal. Trad., Helena Lozano. Barcelona, Lumen. 263 p. (Ensayo). ISBN 978-84-264-0628-6.

Montaigne, Michel de (2019). De los libros. Trad., María Teresa Gallego; ilust., Max. Madrid: Nórdica Libros, 2019. 56 p. Extraído de la obra Essais (libro II, capítulo X). ISBN 978-84-17651-25-1.

José Antonio Cordón
Catedrático de Bibliografía. Universidad de Salamanca
 


[1] La tesis la defendió en la Universidad de París VII en diciembre de 1977. Fue dirigida por Julia Kristeva, uno de los referentes internacionales en el desarrollo del estructuralismo aplicado a la lingüística. Como anécdota, Kristeva fue objeto de duras críticas por parte de Alan Sokal y Jean Bricmont en su libro Imposturas intelectuales (Paidós, 2008), por el uso indebido que hacía de determinados términos científicos en sus obras.

[2] ¡Este libro no existe! ¡No lo leas! ¡No lo compres! No aporta ninguna práctica, no tiene teoría pero las incorpora todas, no contiene ninguna idea pero representa un mundo de posibilidades contradictorias. Alerta de spoiler: Cualquiera que sea la pregunta que haga el autor, la respuesta siempre será: la cita. A partir de la página 20 el texto se vuelve redundante, repetitivo, innecesariamente discursivo y desconcertante, rico en las formas pero desnudo en los contenidos, fruto de un desvarío aún más inútil. La reflexión pedante de Compagnon no conduce más que a una serie de tautologías aburridas y obviedades, repetidas y sustancialmente vanas […] 500 páginas extenuantes, el peso de las rocas, el desplazamiento inexorable a una velocidad de  0,000001x, destrozando la mente con sus preguntas vacías; un ensayo épico, un canto angustioso, la tortura agonizante de un gallo parcialmente decapitado, que trota por el patio chillando a gritos el lamento de un mal trabajo. (Traducción personal.)

[3] Montaigne ha constituido una fijación del autor a lo largo de su vida. Durante el verano de 2012, transmite una crónica cotidiana en France Inter bajo el título Un verano con Montaigne (Un été avec Montaigne) acompañado por las lecturas del actor Daniel Mesguich. Esta crónica fue publicada, posteriormente, en un libro que se convirtió en un considerable éxito editorial de verano (en España salió con el mismo título, Un verano con Montaigne, publicada por Paidós, en 2014). Compagnon regresará después a France Inter en el marco de las transmisiones de verano del 2014 para narrar una crónica titulada Un verano con Baudelaire (Un été avec Baudelaire), que también fue publicada en español por la editorial Libros del Zorzal, en 2020, con el mismo título.

[4] Curiosamente, en Derecho Canónico la glosa está vinculada al Apparatus (explicación del texto legal por referencia a la obra de los maestros), un término asociado a los desarrollos bibliográficos en la constitución del aparato crítico.

[5] De hecho, las relaciones definidas por fenómenos como la cocitación, bibliographic coupling, etc. podrían emparentarse con las estructuras semióticas establecidas por Compagnon.

[6] La Declaración de San Francisco sobre la evaluación de la investigación puede consultarse en esta dirección: https://sfdora.org/read/read-the-declaration-espanol/.

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